—No tardes mucho... la noche está fría.
—Ya lo sé. No haré más que llegar al cementerio y volver.
Se había ceñido la cartuchera; después embozóse en una manta, se caló su ancho sombrero de guardabosque y salió terciándose el fusil á la bandolera. La llave de su hogar la dejó, según costumbre, junto al quicio, debajo de la puerta, en previsión de que Marcela quisiera salir hallándose él ausente; y esta circunstancia era la que había de facilitar á Juan Antonio el triunfo de sus deseos.
Marcela se había quedado profundamente dormida; de pronto sintió que abrían la puerta y entre sueños supuso que era su marido quien volvía: luego oyó unos pasos quedos que se acercaban y entreabrió los párpados; la obscuridad era completa y tornó á cerrar los ojos.
—Fermín... murmuró.
El lecho crujía: Marcela, medio despierta, repitió balbuceando sin miedo.
—¿Eres... tú?...
Al sentir que unos brazos la estrechaban por el talle, agregó.
—¡Qué frío vienes!...
El repetido contacto de unos labios que oprimían los suyos y la presión de unas manos que la sobajeaban con ansia brutal, concluyeron de despertarla.