—Mi única desgracia consiste—dijo—en haberte conocío mu tarde, cuando tu libertad y tu corazón y tu cuerpo amadísimo, eran de otro...

Ella le escuchaba impasible, frunciendo el sobrecejo con aire aburrido. Luego repuso, dando media vuelta y poniéndose otra vez en jarras, dispuesta á marchar.

—Tóo es inútil, Juan Antonio; yo no quiero, y no hay poderes en el mundo capaces de torcer mi voluntad... Y no me persigas, no me aburras; porque si la gente advierte tu cariño y da en murmurar, soy capaz de contárselo tóo á Fermín, pues antes que deshonrao, quieo verle andando camino de la horca ó del presidio. No digo más.

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Las primeras horas de aquella noche las pasó Juan Antonio entre los matorrales de un altozano, desde donde se atalayaba un extenso paisaje. La luna trepaba hacia el cenit anegando las silenciosas extensiones siderales con los efluvios de su luz plateada: una paz augusta descendía del cielo sobre los campos dormidos; en el valle blanqueaban las casas del pueblo, con sus paredes irregulares y sus ventanas, por algunas de las cuales se filtraba un hilillo de luz; varios caminos vecinales seguían direcciones diversas, retorciéndose como sarmientos á través de los campos de labranza, subiendo, bajando, según los altibajos del terreno; y cerrando el horizonte, casi perdidos en las sombras de la noche, ondulaba una larga serie de cerros, con sus panzas enormes y sus altísimas crestas, semejantes á abortos monstruosos de una quimera geológica.

Juan Antonio, casi echado en el suelo, no apartaba los ojos de la casa de Marcela, situada mucho más allá, junto al río. Un proyecto diabólico le había conducido allí. Fermín, que era guardabosque, salía de ojeo todas las noches entre doce y una de la madrugada, y aquella ocasión era la por Juan Antonio espiada para deslizarse sin peligro hasta Marcela; las consecuencias anexas al logro de sus propósitos, no le interesaban. Durante largo rato permaneció inmóvil, mirando, mirando... con la mirada angustiosa y fija de los que murieron ahogados. Luego se estremeció, oyendo resonar en la serena extensión de los campos las doce campanadas de un reloj lejano.

Entretanto Fermín, sentado sobre un viejo taburete, se calzaba sus recias botas de campo, disponiéndose á salir.

Marcela le observaba desde el lecho con ojos que el sueño va cerrando.

—¿Te vas?—preguntó.

—Sí.