El boticario cogió la moneda, la miró atentamente, la hizo resbalar entre sus dedos, volvió á sonarla...

—Este duro—dijo—es falso...

MARCELA
———

Desde el quicio de su puerta, Juan Antonio avizoraba todas las tardes á Marcela, que volvía de la fuente con el pesado cántaro sobre la cabeza, erguido el talle, las manos en los cuadriles, aumentando con su corto y menudo andar el picante titubeo de sus caderas poderosas. Juan Antonio reía embelesado viéndola acercarse: ella pasaba indiferente, plegando los rojos labios con un depresivo mohín desdeñoso, como si las sonrisas y las ardientes miradas y todo el apasionado embobamiento del mozo no fuesen otras tantas pruebas de amor quemadas, á guisa de incienso, en honor de su perfecta gentileza y bizarría; y cuando se alejaba orgullosa, inaccesible, pisando corto, y diciendo no, no... con las caderas, los ojos de Juan Antonio chispeaban de rencor, un estremecimiento doloroso mordía su carne, y el pliegue trágico de las venganzas cortaba su frente.

Una tarde, Juan Antonio, no pudiendo dominar las furiosas acometidas de su pasión, salió del pueblo y fué á sentarse junto á unos bardales por donde Marcela solía pasar de vuelta de la fuente. La conversación fué breve, decisiva, como las conversaciones que preparan los duelos á muerte. Ella empezó diciendo que no le quería y que jamás podría traicionar á Fermín, su esposo, á quien estaba unida por los vínculos del cariño y del deber; Fermín era su Dios, su rey; á él se lo debía todo: la casa que habitaba, las ropas que cubrían su cuerpo...

Y agregó:

—¿Y ahora quiés deshacer el lecho que yo toas las mañanas tiendo y mullo pa él? ¿Y quiés gozar del cuerpo que él viste y alimenta y agasaja con tóo lo que tiene?... ¡Vamos, Juan Antonio, que no me conoces!... No sólo no te quiero, sino que te odio... ¡ya ves!... Que eres mu chico, mu ruin... ¿sabes?... y que tiés el alma mu fría, cuando no entiendes lo que digo...

Poco á poco, á tropezones, sofocado por la pasión que le extrangulaba, Juan Antonio procuró explicar sus celos y los tormentos de aquellas luchas íntimas que fueron enajenándole hasta obligarle á exigir de Marcela una explicación definitiva. El no era malo, ni ruin, ni tenía aquella frialdad de corazón que ella tan injustamente le reprochaba.