—¿Se marcha usted, amigo Olmedilla?—preguntó Rubio.
El juez municipal examinaba el cielo.
—Sí, señor; aprovecharemos esta pequeña tregua que nos da el mal tiempo.
—¿Llueve todavía?
—Muy poco.
Para cerciorarse sacó el brazo derecho fuera de la ventana, la mano bien abierta y con la palma hacia abajo, como si fuese á jurar. Don Ignacio copió aquel gesto.
—Algo chispea todavía—dijo—, pero es la ocasión de irse.
—Creo que nos vamos todos—repuso don Isidro levantándose.
Don Juan Manuel llamó á Teodoro para que le restituyese el impermeable y los chanclos que le entregó al llegar. Los contertulios se habían agrupado cerca de la ventana, y aspiraban con fruición rústica el olor de la tierra y de los bosques húmedos. En la oscuridad los entintados montes componían una especie de oleaje inmóvil. Acullá, lejos, bajo el silencio negro, griseaba el andén de la estación.
—¿Saldrá usted después de cenar, don Juan?—interrogó el médico.