Don Gil Tomás levantó la cabeza.

—¿Por qué?

—La niña está durmiendo y si le ve á usted se asustará.

—La niña—repuso el íncubo—no oirá nada.

Ella hubiera podido defenderse cerrando la puerta de la habitación, pero no lo hizo. Tenía miedo, un miedo intenso que helaba sus huesos, y á la vez un inmenso afán de ser poseída. Por su sangre, los diablos incendiarios y libertinos de la juventud y de la primavera, corrían como centauros. De pronto, el hombre pequeñito estuvo á su lado. La tuteaba.

—Te quiero; hace mucho tiempo que te quiero. ¿No lo sabías?

Ella replicó:

—Sí, lo sabía.

—¿Y por qué no te dabas á mí?

Y doña Fabiana, suspirando: