El hombre pequeñito era lo único vivo. Entonces tuvo miedo de hallarse con él, y su congoja crecía según don Gil iba acercándose. Dentro de la atribulada conciencia de doña Fabiana, una voz musitó.

—Estás tan sola porque tu marido se ha marchado. Si él estuviese aquí, las calles te parecería que rebosaban gente. Las personas que nos aman son las únicas que, verdaderamente, nos hacen compañía.

Don Gil habíase detenido debajo del balcón.

—¿Subo?...—preguntó.

Y cambiando seguidamente su interrogación en afirmación inflexible y tranquila, repitió:

—Subo.

En la amarillez asiática de su rostro, sus ojos, también amarillos, adquirieron la inmovilidad y la frialdad del cristal, y refulgían como topacios.

Al mismo tiempo la esposa de Martínez advirtió que, sin graduaciones ni matices, su miedo transmutábase en suavísimo quebranto sexual. Adivinóse codiciada, sintió el calor del deseo que iba á pasar sobre su carne como una llamarada, y sus flancos tremaron lascivos. Su alma, honesta hasta entonces, conoció la lujuria; y contribuía á la exaltación de este pecaminoso desmayo, el horror, mezclado de asco, que el enfermizo color y la enana ridiculez del hominicaco la producían.

Don Gil cruzaba la calle. Doña Fabiana, inclinándose un poco sobre la barandilla del balcón, murmuró:

—No puede usted subir.