—¿Por qué estoy contento?...
Pero las pesquisas que discretamente realizaba en la oscuridad de su mundo interior eran infructuosas. Repartido, como andaba su ánimo entre el sueño y la vigilia, las impresiones de ésta resonaban en aquél de idéntica manera á como sus ensoñaciones se proyectaban sobre su vida real, y así, el júbilo confortador de que se reconocía acompañado era la satisfacción subconsciente de la cruelísima venganza que, hallándose dormido, tomó en la persona del señor Frasquito. El regocijo, de consiguiente, que le poseía y le sacaba á los balcones de su casa en las mañanas de buen sol, era un perfume de homicidio, una especie de olor á sangre.
Esta satisfacción, asesorada y ratificada por el arribo de la primavera, exacerbó la ginecomanía de don Gil. Jamás su actividad nocturna fué mayor; como lámpara milagrosa su impulso lascivo se encendía no bien cerraba los párpados y alerta continuaba hasta el amanecer; las jocundas savias vernales eran fuego en sus venas.
A desencerrar su lujuria cooperaba asimismo su insatisfecha pasión por doña Fabiana. La suave complacencia que, hallándose despierto, le producían el sortilegio acariciador de su voz, el reposo cálido y negro de sus ojos aterciopelados, las provocativas exuberancias de su matronil, hermosura y cierta tristeza otoñal que infundía á sus movimientos una dejadez de aristocracia, se exasperaba con el sueño y convertíanse en furibundo frenesí. Pero, ¿cómo alcanzarla si el marido, desconfiado y hostil, estaba allí siempre?...
Sólo una vez el hombre pequeñito casi llegó al sabrosísimo término de su afán.
Generalmente Martínez no soñaba; fatigado su espíritu, de la diaria labor, no se alejaba del cuerpo y permanecía acurrucado bajo las mantas del lecho conyugal. Pero aquella noche don Gil acertó á presentarse en la alcoba del veterinario en ocasión que el alma de éste hallábase en el acaballadero de La Evarista, examinando unos burros enfermos de que don Juan Manuel le había hablado la víspera. Tan dichoso azar suspendió al enano y le tuvo irresoluto unos instantes, pues como el mucho peligro las felicidades extremas suelen acobardar á los hombres; y fueron aquellos segundos desperdiciados, precisamente, los que para la victoria necesitó después...
El íncubo examinó la disposición y moblaje del aposento: en el lecho de bronceados pilares y entre la limpieza de las almohadas y del embozo, las cabezas de doña Fabiana y de don Ignacio descansaban: la de ella, apacible, pálida, como nimbada de luz lunar; la de Martínez, cetrina, ancha, peluda, cubiertos los carrillos por una densa barba mal afeitada y fuerte. Antoñita dormía en su cuna de barrotes dorados. Alrededor de la estancia, un armario ropero, las sillas de madera sin pintar y asiento de anea, la cómoda con su espejo y sus floreros, y otros enseres antiguos y sencillos peculiares de las casas lugareñas. El ambiente era tibio. Por las rendijas de la ventana filtrábase, semejante á una humareda, un ligerísimo claror estelar. El lejano murmurio del río parecía agrandarse en los ángulos de la callada y cerrada habitación.
Vibrante de deseo, avanzó don Gil; su alma rijosa temblaba, se retorcía, como aquellas larvas infernales que rodeaban el lecho de Paracelso, y su influencia magnética turbó á doña Fabiana. La excelente señora, en cuyas alucinaciones nocturnas nunca hubo voluptuosidad, empezó á soñar. Era un hilvanamiento de escenas absurdo, pero fácil, rápido, sabrosamente ilógico, como el de las películas cinematográficas. Doña Fabiana gozaba de esa levedad física, de esa suave y vagarosa multiplicación de imágenes con que la morfina y el opio, los divinos emisarios de la otra vida, eternizan su imperio. Según en las comedias de magia acontece, alrededor de la durmiente todo era posible.
Hallábase doña Fabiana asomada á un balcón de su casa, cuando por la parte más alta de la calle apareció don Gil: veía su cara de color de fideo, sus manecitas enanas, que marcaban el ritmo del cuerpo al andar, su figurilla vestida de negro y la línea blanca de los calcetines entre los zapatos y las perneras, algo cortas, del pantalón. Por lo parvo, por lo ruin, parecía un humillo que saliese del suelo. La calle mostrábase desierta, muda, vacía, con esa total soledad que las pesadillas dan á sus paisajes. Todas las ventanas, todas las puertas, estaban cerradas, y por añadidura comprendíase que tras ellas no había nadie. Las casas, más que realidades tangibles, parecían imágenes sin expresión, imágenes muertas, grotescas, pintadas sobre un lienzo que cubriese cielo y tierra. La naturaleza, de súbito, se había inmovilizado; los objetos perdieron su relieve y todo, por arte de ensalmo, hízose trapo y silencio. Doña Fabiana reconocía la calle Larga, la Fonda del Toro Blanco, la Glorieta del Parque, los primeros árboles del Paseo de los Mirlos, y, sin embargo, comprendía que todo, á pesar de no haber cambiado, era diferente. La incontrovertible evidencia de este contrasentido, llenaba su ánimo de estupor.
—En Puertopomares no hay nadie—pensó—; no queda nadie, más que don Gil Tomás.