—¡Cómo que la chiquilla es preciosa!

—¡Tiene un cuerpo!

—¿El cuerpo?... ¿Y los ojos?... ¿Dónde me deja usted los ojos?

Prosiguió don Artemio:

—Pues ninguno de esos aperitivos, capaces de despertarle y aderezarle el paladar á un difunto, sirvieron. Cuando Epifanio entraba en la calle del Sacramento se cruzó con don Gil, á quien saludó, y en el acto, sin razón, tuvo miedo... ¿Comprenden ustedes?... Miedo de no poder conseguir su deseo. Así fué. La preocupación heló su carne y le inutilizó, pero tan completamente que los azahares de la moza nunca, como en aquella ocasión, estuvieron más seguros. Y no fué ésto lo peor; sino que la desairadísima escena se repitió varias veces, porque Epifanio no podía echar de su ánimo la imagen de don Gil. Cuando el pobre muchacho acudió á pedirme socorro contra su repentina debilidad, parecía loco; tan pronto hablaba de suicidarse, tan pronto quería asesinar á don Gil; ¡daba lástima! Es un caso de sugestión muy raro, por su persistencia. Yo le recomendé que procurase distraerse, tranquilizarse, sujetar y disciplinar sus nervios; pero él decía: «No puedo, don Artemio; todo eso que usted aconseja me lo he repetido yo mil veces, y no puedo; ¡no puedo!...» Y seguramente no ha pasado de ahí, porque ahora, según cuentan, quiere casarse.

Los circunstantes guardaron silencio. Reflexionaban. Inconscientemente hallaban una concatenación secreta, una relación manida y oscura, entre el fracaso de Epifanio y la muerte de Juanita, la hija de Wenceslao. El boticario tuvo para aquel estado de opinión, una afirmación categórica:

—Señores, yo creo en los embrujamientos. Lo que ahora llamamos telepatía ó sugestión, es lo que en la Edad Media se denominaba mal de ojo. Sólo las palabras han variado: en el fondo, el terrible misterio es el mismo.

XIX

Desde el asesinato de Frasquito Miguel, el solitario del Paseo de los Mirlos se hallaba mejor. Sin conocer el motivo de aquél íntimo y seguro bienestar experimentaba ese regocijo, esos deseos de cantar y de moverse, que inspira la realización cercana de una esperanza. Los vecinos observaron que las persianas, obstinadamente cerradas durante años, del hotelito de don Gil Tomás, eran abiertas muchas mañanas, y que el hombre pequeñito salía á los balcones á gozar del sol. Su cabezota de color de miel, con el menton apoyado sobre el barandaje, inspiraba risas.

Don Gil, sorprendido de su propia alegría, se preguntaba: