Y, bajando la voz, como para contar una picardía:
—Hay fenómenos raros, tan raros, que obra parecen de aojo y milagro.
Miró á su alrededor, y con la mano hizo á los presentes señal de acercarse.
—Ya conocéis á Epifanio Rodríguez. Es un muchacho sencillo y buenazo á carta cabal, pero, como diría Martínez, un tanto arrimado á la cola. Sacándole del estanco, no sirve para nada. Hace dos ó tres mañanas vino á contarme su desgracia; al pobre se le ahoga con un hilo, y el caso no es para menos. Epifanio tiene relaciones con una vecinita de la calle del Sacramento.
Un indiscreto atajó al narrador.
—¿La hija de López?
—¿Qué López?
—Teobaldo López, el notario.
—Precisamente; pero no es hija, sino sobrina. Pues, Epifanio, que quizás no pensaba casarse con ella, quería... lo que todos, y la muchacha, que es un poco loquilla, accedió. Entonces concertaron que él fuese á verla una tarde, á las seis, hora en que Teobaldo está en el Casino. Como supondrán ustedes, Epifanio no faltó á la cita.
Hubo sonrisas y maliciosos comentarios: