La muchacha repuso:

—No hace falta.

A la vez su padre y sus hermanas dejaron de comer; adoptaron una actitud expectante; parecían temer algo: un peligro. Oyeron los pasos de Juanita que se alejaba en la oscuridad. Wenceslao iba á seguirla y, sin saber por qué, no lo hizo. Un chirrido de goznes indicó que Juana había llegado al gabinete y empujaba la puerta. Coincidiendo con este ruido resonaron un grito, un horrible grito, y la percusión de un cuerpo contra el suelo.

La madre, de un salto, se puso en pie, los cabellos erizados:

—¡Mi hija!...

Salieron todos al pasillo y avanzaron atropellándose, removidos por sacudidas de venganza y de miedo. Wenceslao iba delante y sus manos buscaban febriles en la tiniebla de la pared las llaves de la luz. Juanita yacía sobre el pavimento, y la opinión aseguraba que la chiquilla había muerto de miedo.

—Los doctores Narro y Fernández Parreño—dijo Erato—hicieron la autopsia del cadáver, y han certificado que la hija de Wenceslao tenía una angina de pecho.

Los circunstantes callaban. Todos, cual más cual menos, presentían un misterio. La causa «inmediata» de aquella muerte sería la angina de que hablaban los médicos. Pero, ¿por qué el mal hirió á la víctima precisamente cuando ésta se hallaba sola? ¿Por qué no lo hizo un minuto antes ó un minuto después? ¿Detrás de la causa más próxima y visible no habría otra?

De esta opinión participaba el boticario.

—¡Déjenme ustedes de anginas!—exclamó—; en la vida ocurren sucesos inexplicables; cosas que vienen de la sombra; cosas que hacen los muertos. La hija de Wenceslao murió de un susto; créanme ustedes; murió de miedo, porque al abrir la puerta de la habitación vió algo...