—Sí, señor...

—Te duelen las articulaciones, ¡todas las articulaciones!

—Sí, señor, y después...

—No digas más: sé lo que tienes. Ahora, en Navahonda, hay muchas fiebres. Entra.

Generalmente la conversación terminaba allí mismo, delante del mostrador, con una caja de sellos de quinina ó una poción de agua purgante, que don Artemio vendía añadiendo por la consulta, al valor de la droga, un modesto cinco por ciento. En los casos de mayor gravedad, Morón llevaba á sus enfermos á la rebotica, donde, tendiéndoles en un sofá, les reconocía. Estos manejos y diversos específicos compuestos por él mismo para curar los males de estómago y de garganta, engordar ó enflaquecer á voluntad, limpiar y conservar el cabello, quitar el dolor de muelas, combatir las lombrices y la anemia, y otras drogas, tinturas, zarzaparrillas y ungüentos de las más diversas y pintorescas aplicaciones, remozaban de año en año su popularidad y producíanle notables rendimientos.

En verano, al anochecer, sus amigos reuníanse á charlar delante de la botica. Los diálogos se aderezaban con murmuraciones y cuentos de subido color. Algunas veces, después de cenar, Luis Olmedilla llevaba á la reunión la alegría de su guitarra, y la tertulia entonces se prolongaba hasta tarde. El sitio era muy á propósito para gozar del fresco, porque allí la calle Larga se ensanchaba y los árboles de la vecina Glorieta del Parque diluían en la atmósfera una humedad de jardín. Don Valentín llegó á sentir celos de aquellas reuniones, rivales de las del Toro Blanco.

Una noche, alguien habló de brujas, y este asunto, al que el silencio aldeano fué siempre propicio, recordó á la reunión la muerte súbita acaecida días atrás en una casa de la calle Pozo de Don Ramiro. Desde el primer momento, por instinto, la imaginación popular había venteado en el hecho aquél, empero su sencillez aparente, un enigma de maleficio. Fué á la hora del yantar. Wenceslao, el carpintero, su mujer y sus tres hijas, ya mozas, acababan de sentarse á la mesa. Todos los operarios del taller se habían marchado, y á excepción del comedor, el resto de la casa hallábase á obscuras. Un incidente trivial preparó al drama el camino. En la mesa no había servilletas.

—Yo iré á buscarlas—dijo Juanita, la hija menor.

Se levantó y salió al pasillo. Su madre, como si hubiese tenido un mal presentimiento, exclamó:

—Ya sabes que las servilletas están en el arcón, á la derecha. ¡No vayas á tropezar! ¡Enciende una luz!