—¿Eres de Navahonda ó de Torres de la Encina?
—Verá usted: soy de Torres de la Encina, pero vivo en Navahonda.
Don Artemio dejaba escapar un gruñido.
—¡Ya me parecía!... Bueno; al boticario debe decírsele siempre la verdad. ¿Qué te trae por aquí?...
El páparo vacilaba, no sabía reducir su idea á palabras.
—Verá usted...
Se rascaba las corvas, la cabeza, hacía con las cejas extraños visajes. Morón iba en su auxilio.
—Tú tienes calenturas.
—Sí, señor...
—Digieres mal y por las noches, en cuanto te acuestas, las sienes te echan fuego.