La faena de la cubrición fué rápida. Desatado el potro «catador», abalanzóse sobre las yeguas que le ofrecían; pero apenas sujetaba á una entre sus patas, Luciano, tirándole violentamente del ronzal, lo derribaba al suelo. De este modo el animal se ayuntó con todas, pero con una rapidez que, por no satisfacerlas, las dejaba en la mejor disposición y apetito. Inmediatamente las hembras fueron llevadas al departamento donde los garañones, que habían olfateado el banquete sexual, relinchaban glotones, y allí las ataron las patas, para que no coceasen. Los sementales, al salir de su departamento, apenas veían la yegua que les estaba destinada, apasionadamente arremetían con ella. El médico, el boticario, don Gil, don Niceto Olmedilla, su hermano y don Juan Manuel, presenciaban la escena conturbados por la mirada dulce, sumisa, perfectamente femenina, de las hembras. Una vaga inquietad genésica les removía. Unicamente Luciano, los calzones sujetos por una faja negra, la boina echada sobre el cogote, al aire los antebrazos velludos, presidía los ayuntamientos ordenándolos con castidad perfecta.
Cuando don Juan Manuel y sus amigos salieron de la parada, el hombre pequeñito iba densamente pálido. Varias mozas, que en sueños le tuvieron entre los brazos, sintieron deslizarse por su carne supersticiosa un calofrío de miedo.
Ya iban llegando á la población, cuando don Gil se despidió de sus acompañantes invocando un quehacer perentorio, y por un atajo caminó hacia su casa. Su presencia por aquellos andurriales llamó la atención. Algunos hombres le saludaron respetuosamente, con ese acatamiento que en los pueblos, más que en las ciudades, inspiran los ricos; los ojos de las mujeres le seguían largo rato, inquietos y atentos, como si vieran alejarse un peligro; únicamente los muchachos, hallándole pequeño, casi de su tamaño, le miraban de igual á igual.
XVIII
Poseía don Artemio, si no el don precioso, por lo llano, de la simpatía, los recursos, no menos envidiables de parecer útil y de inspirar confianza. Su corcova, el poco garbo de sus piernas, la severidad de su barba rucia y de su calva de color pergamino, y cierta adustez en la mirada y en la voz, pormenores eran que infundían respeto y hasta temor en las gentes sencillas.
Muchos rústicos comarcanos, tanto por motivos de economía como porque la ciencia de don Artemio les mereciese verdadero crédito, le preferían al médico ó al albeitar, y muy de mañana iban á consultarle so pretexto de comprar cinco céntimos de vaselina ó una botella de agua purgante. El farmacéutico poseía un memorión formidable y conocía palmo á palmo todas las villas de en seis leguas á la redonda. Esto le daba gran prestigio. Además tuteaba á sus clientes en señal de dominio, ciencia y señorío, y tenía el llamado «ojo clínico», es decir: la intuición del médico, el presentimiento de las enfermedades, orientación ó guía suprema del arte de curar.
Morón recibía á su parroquia en la puerta de la botica. Allí empezaba la consulta. Metido en una especie de bata ó cubrepolvo de crudillo que le alcanzaba á los pies, las manos en las faltriqueras del pantalón y un gorro de terciopelo morado sobre la nuca, don Artemio correspondía al saludo humilde de sus visitantes con una interrogación:
—¿Tú eres de Navahonda, verdad?
—Sí, señor.
Había una breve pausa. Morón inquiría, hilvanaba recuerdos...