A recibir á don Juan Manuel acudió Luciano, el encargado de la parada. Venía en mangas de camisa y llevaba chaleco y calzones de pana. Era viejo, recio y alto. Una boina negra cubría su cráneo rapado y de líneas seguras. Sus ojos pequeños y sin luz, y sus labios, renegridos por el tabaco, daban al rostro afeitado una expresión bestial. Saludó:
—Buenos días, don Juan Manuel y la compaña...
Luciano informó á su amo de cómo aquellas últimas mañanas habían sido de trabajo incesante. Designó con un gesto á las yeguas que esperaban en el corral. Llevaba despachadas otras ocho, y aunque tenía cuidado de no debilitar á los sementales dándoles á comer hierba fresca, no comprendía cómo éstos podían resistir tanto trabajo.
Preguntó don Juan Manuel si «Temerario» y «Pensativo» se hallaban bien dispuestos, y como las respuestas de Luciano fuesen afirmativas, don Elías no disimuló su contento.
—Si todo sale bien—dijo—le haré á usted un buen regalo.
Luciano, sonriendo, prometió esmerarse, tanto por respeto y cariño á don Juan Manuel, como por corresponder á las dadivosas intenciones del médico.
—Ya sabrá usted—repuso—que tiene derecho á que cada una de sus yeguas sea cubierta catorce veces, distribuidas en la siguiente forma. Después de los cinco ayuntamientos primeros, las dejaremos descansar nueve días; luego, con intervalos de veinticuatro horas, recibirán otros cuatro; nueve días después, tres más, y, finalmente, transcurrida una semana, otros dos...
Al saber que don Elías quería para su yegua negra al alazán «Temerario», y para la rodada á «Pensativo», Luciano movió la cabeza y su semblante se nubló. A despecho de su rusticidad, parecía un bonzo, uno de aquellos sacerdotes antiguos, crueles y sensuales, cuyas preces poseían el don terrible de hacer correr ó de secar las fuentes del deseo.
—Veremos—exclamó—; no crean ustedes que los animales me obedecen siempre. Los animales, con perdón sea dicho, tienen sus preferencias, como las personas. Los caballos gustan de unas yeguas más que de otras, y á las yeguas las sucede lo propio. Lo mismo ocurre con los burros: el asno que haya tenido comercio con una yegua, es muy difícil que luego acepte á una pollina.
Mientras Luciano disertaba, don Gil, Luis Olmedilla y don Artemio, que á pesar de sus años y de su jorobada figura se perecía por las faldas, observaban descocadamente á las mozas. Ellas, avergonzadas de la curiosidad que las había llevado allí, enrojecían, y, para disimular su turbación, volvíanse de espaldas y miraban al campo.