Hicieron ademán de brindarle una silla.

—Muchas gracias. Voy ya de retirada.

Bajo la claridad de las lámparas y entre la blancura del mármol de las mesas, parecía un pelele con su cabeza de amarillez azafranosa y su cuerpo de hombros caídos y estrechos. Fernández Parreño le explicó de qué se trataba y don Gil mostróse propicio á conocer lo que, por falta de ocasión, nunca había visto, mas no consintió en que nadie se molestase yéndole á buscar. El, con mucho gusto, concurriría puntualmente adonde le dijesen. Discutieron el sitio mejor para citarse: unos proponían el Casino, otros la farmacia. Al cabo quedó concertado que don Juan Manuel iría, en su coche, á recoger al médico, que don Niceto y su hermano saldrían por su camino y á la hora que les pareciese, y que don Artemio aguardaría á don Gil en la botica, pero maniobrando todos activamente de manera de reunirse en La Evarista entre ocho y nueve de la mañana. En esta conformidad se separaron.

El acaballadero de La Evarista hallábase á poco más de tres kilómetros de la población, inmediato al camino de Puertopomares á Torres de la Encina, y en el hondón formado por dos alcores sembrados de olivos. Era un vasto corralón circuído por densas acitaras de mampostería, altas como de dos metros, donde se apoyaba un cobertizo bajo del cual los gañanes ponían las carretas y otros aperos de labranza al resguardo de la lluvia. Junto á una piedra redonda, de las empleadas en las aceñas, y que con industria fué convertida en pesebre, relinchaba furioso el caballo «catador», destinado únicamente á examinar si las hembras que iban llegando estaban ó no en sazón de ser cubiertas. El pobre animal, los ojos alocados, los belfos espumeantes, erizada la crín, trepidante de un furor genésico exacerbado á cada nueva cata y siempre insatisfecho, atabaleaba el suelo y corajudo se mordía los ijares.

Los caballos y pollinos sementales estaban aparte, en lugar bien cerrado y separados unos de otros, porque el aislamiento, según el experimentado saber de don Juan Manuel, aviva en los machos el deseo reproductor. Así, cada garañón ocupaba un departamento, una especie de celda, de la que salía para cumplir la función sexual y á la que era restituído inmediatamente después. En aquel pequeño local cubierto de estiércol y flanqueado por los cuartos donde los sementales esperaban, atronaba la polifonía de los graves rebuznos, la estridencia bélica de los relinchos, el golpear de los aciales sacudidos, la temible impaciencia con que los brutos rijosos pateaban el suelo. A veces, un semental, de un par de coces, abría la puerta de su encierro, haciendo saltar la cerradura.

Don Gil Tomás y el boticario, que salieron de Puertopomares á paso de tropa, alcanzaron en el camino á don Niceto Olmedilla y á su hermano. Don Artemio llevaba á su pollina del ronzal; el juez, más comodón, había recorrido el trayecto montado en su yegua. Continuaron andando los cuatro, y á poco se reunieron con Fernández Parreño y don Juan Manuel que les esperaban á la entrada de La Evarista porque el coche no podía seguir adelante. Ya juntos, prosiguieron la ruta á pie, entre la alegría de los olivos y de los campos donde empezaban á lozanear los primeros brotes de la cosecha próxima. Un zagalillo, que llevaba del ramal á las dos potrancas del médico, les precedía. El cielo era azul, tibio el aire; las glebas, que paralelamente levantó el arado, rojeaban bajo el sol. Un júbilo afrodisíaco, excitador, un saludable aroma de sarpullos tempranos y de savias y resinas nupciales, saturaba el paisaje.

Interesó la atención de don Gil el que, tanto la burra del boticario como la yegua de don Niceto, ya cerca de la parada empezasen á dar muestras de contento y, sin que nadie las estimulase á ello, se pusieran al trote.

—Es que adivinan á dónde vamos—decía don Artemio riendo—; vea usted, en cambio, las dos potrancas de don Elías: como son doncellas no malician nada.

En las inmediaciones del acaballadero había bastante rebullicio. Mujeres y zagales acudían allí, como á una fiesta dionisiaca, llevando del ronzal á las hembras en quienes la rigurosa ley de la reproducción había de cumplirse. Los animales, alborozados, brincaban delante de sus dueños. Novias parecían. Era un cuadro pagano donde, á la picardía de las escenas, aunábase la avaricia campesina, el codicioso deseo de que las hembras quedasen fecundadas.

Ya en el acaballadero, los hombres franqueaban la puerta del corralón; las mozas, vacilando entre su femenil recato y su vicioso prurito de ver, no entraban, pero se encaramaban á los muros y sentadas sobre el cobertizo, destacaban sus rostros traviesos, llenos de risas, del gran fondo alegre del cielo y del campo. Don Gil, curioso y lascivo, lo observaba todo.