Don Elías explicó las condiciones de sus yeguas, su complexión, su edad y el empleo que daría á las crías. En relación con todo esto, quería para la potranca negra á «Temerario», garañón alazán; y, para la potranca rodada, á «Pensativo», soberbio ejemplar de ruchos cordobeses.
Don Juan Manuel sonreía petulante.
—Este doctor sabe escojer. Si entendiese de medicina como de animales, podíamos cerrar el cementerio.
El ejemplo de Fernández Parreño suscitó en los oyentes ideas de codicia. Don Artemio Morón tenía una pollina joven, ociosa desde hacía dos años. Don Niceto habló de su yegua.
—Pues anímense ustedes—exclamó el diputado—y vénganse mañana temprano con nosotros. Pasaremos un buen rato. Además, ahora la cubrición está en su apogeo, y á ustedes les conviene que la monta se realice antes de que los machos empiecen á cansarse.
Por burla, Luis Olmedilla dijo que aquella invitación se la dictaba á don Juan Manuel el interés. Cobraba el diputado las cubriciones á setenta y aun á ochenta reales, y como á su acaballadero acudían todas las yeguas y pollinas de los alrededores, las ganancias de la faena reproductora alcanzaban á mucho. Así, la parada de La Evarista constituía una especie de mancebía, de la que don Juan Manuel Rubio era amo y alcahuete. El dudoso gusto de la broma no hizo mella en aquél, que la arrostró bravamente, salpresándola con atrevidos donaires y uniendo sus risas á las de todos.
A la hora de cenar la reunión se disolvió, marchándose cada cual á su casa, pero prometiendo volver á entrevistarse luego en el Casino, para determinar bien el sitio y momento en que á la siguiente mañana habían de reunirse.
De esto trataban á última hora, cuando don Gil Tomás, que después de pasar la velada en un ángulo del salón y leyendo periódicos, se restituía á su domicilio, se acercó á la tertulia.
—Buenas noches, señores...
—Buenas noches, don Gil.