—¿Cuándo quiere usted que lleve las potras á cubrir?—preguntó don Elías.
—Cuando usted guste. ¿Están en sazón?
—Desde hace tres días. Pero, ya sabe usted que, por ser mis yeguas primerizas, tengo derecho á elegir semental...
Mientras se servía otra copa de ron, don Juan Manuel tuvo un gesto de desprendimiento y elegancia.
—Le asiste á usted, amigo don Elías, efectivamente, ese derecho de elección; pero aunque así no fuese, por ser usted quien es y por nuestra buena amistad, en mis tierras de ese y de cuantos fueros y pragmáticas necesite puede usar.
Agradeció Fernández Parreño tan generoso ofrecimiento, y prometió enviar al día siguiente las dos potrancas á la parada. Convenía aprovechar la bonanza del tiempo, pues la experiencia habíale demostrado que los días nublados no son propicios á la cubrición.
—¿Usted irá?—preguntó el diputado.
—Seguramente.
—Si quiere usted, puedo llevarle en mi tartanita; iríamos juntos y le enseñaría el último garañón que he comprado. ¡Merece verse!...
Esta conversación, tanto por la misma salsa picante de su asunto, como por el interés que estos episodios de la existencia rústica inspiran á cuantas personas viven del campo ó muy cerca de él, apasionó á los circunstantes. Para los vecinos de las aldeas, la noticia de un pedrisco, la época de la jifería, el júbilo verde de los bancales enlucidos con los primeros brotes de la cosecha próxima, la preñez de las ovejas ó el alumbramiento de una vaca, revistieron siempre importancia excepcional.