Luis Olmedilla, siempre presumido y valentón, repuso irguiéndose en su asiento y entornando los ojos con aire jaque:
—Hombre... tanto como un escándalo, no señor; porque si mi hermano Valentín es como es, un manso y lo aguanta, yo, no lo aguanto. Lo que hubo fueron palabras gruesas, pero no conmigo, que yo, en aquel momento, no estaba allí. El hecho es muy sencillo. Ese comisionista alemán vino esta mañana de Salamanca, en el primer tren, y apenas llegó á la fonda, pidió un baño. La criada que sirve en el piso principal y se expresa muy bien porque está acostumbrada á tratar con buena gente, le manifestó que en casa no había baño, pero que podía buscarle un barreño si, por casualidad, necesitaba lavarse los pies. ¡Me parece que la mujer no dijo ningún disparate!...
Todos asintieron. Parsimoniosamente, escuchándose un poco, Luis Olmedilla continuó:
—¡Pues, para qué quiso oir más el alemán!... Empezó á decir que él no necesitaba lavarse los pies, porque los llevaba siempre muy limpios; que los necesitados de limpieza somos nosotros, los españoles; que si pedía un baño era por gusto, porque en su país la gente, según parece, se baña todos los días. ¡Ganas de presumir, claro es!... Como hablaba á voces y manoteando, la muchacha se asustó y fué á llamar á su ama, porque Valentín estaba en la peluquería, afeitándose. Mi cuñada procuró apaciguar al alemán diciéndole que ni en Puertopomares, ni en otros pueblos de más categoría, las fondas tienen cuarto de baño, por la sencilla razón de que nadie se baña, y mucho manos ahora, en primavera, lo que no impide que gocemos de buena salud. Eso fué todo. Pero como el extranjero gritaba y decía en su lengua palabras incomprensibles, los criados pensaron que les estaba insultando, y á no llegar mi hermano nadie sabe lo que hubiese sucedido.
Exceptuando don Juan Manuel, que se reservó su opinión, todos los circunstantes, incluso Fernández Parreño, declaráronse en contra del alemán. El médico afirmó que los baños, fuera de los meses de Junio, Julio y Agosto, constituyen un reverendo disparate. ¿A quién, que no esté loco, se le ocurre bañarse, por ejemplo, en Abril?...
Luis Olmedilla dijo que su hermano, sin embargo, para complacer á los extranjeros, pensaba instalar una ducha. ¡Lástima de dinero!
—Dile á Valentín—exclamó el boticario—que si las pesetas le hacen cosquillas las emplee en ensancharnos el saloncito de tresillo, y se lo agradeceremos todos.
Don Juan Manuel preguntó á don Niceto el resultado de la querella que don Arístides, propietario del tejar La Honradez, tenía entablada contra Juanito, el Manchego.
—Hoy se ha celebrado el juicio—repuso el juez—, pero no hubo sentencia porque las circunstancias en que el demandante apoya su denuncia no están bien probadas. Ya le conocemos; por pleitear pleitearía con un árbol. Dice don Arístides que á una yegua inglesa, muy buena, que tiene, la acaballó un potro de Juanito el Manchego hallándose la yegua sudada; que el Manchego la echó el potro para dañarla, pues, según parece, él y don Arístides se llevan mal, y la yegua hubo de asustarse y con la impresión se la cortó el sudor y desde entonces está enferma. Por daños y perjuicios pide seis mil pesetas. Claro es que Juanito se defiende diciendo que si la yegua se escapó y vino á buscar al potro, ó si éste rompió el acial y se fué en busca de la yegua, él no tiene culpa, pues son accidentes inevitables y fortuitos. También asegura que la yegua no está enferma de pasmo, sino de alguna mala hierba que ha comido. Martínez, como perito, habrá de decirlo.
Este diálogo trajo al espíritu de Fernández Parreño el recuerdo de las dos potrancas que aquel año deseaba llevar á la cubrición. Don Juan Manuel poseía en su finca «La Evarista», así llamada para rendir público testimonio de adhesión y fineza hacia Evarista Garrido, su amante y heredera, una excelente monta con magníficos caballos padres y burros garañones andaluces de lozana estampa y extremado poder, que anualmente, desde que comenzaba la cubrición á primeros de Marzo, hasta fines de Junio, allá por San Juan, producíanle muy generosos rendimientos.