—Yo, en este momento, también soñaba. Me hallaba en La Evarista examinando unos machos de que don Juan Manuel me habló anoche. ¿Sabes quién me acompañaba?... El boticario. Nos habíamos enredado en una discusión. Don Artemio sostenía que uno de aquellos animales tenía muermo; yo decía que no. En éstas tuve el presentimiento de que iba á sucederte una desgracia; me pareció que gritabas... y eché á correr. Fué cuando desperté.

Doña Fabiana, temblando, murmuró:

—Abrázame...

Cuando se sintió bien sujeta entre los brazos musculosos y peludos de Martínez, le refirió su pesadilla, aunque guardándose de decir las dulces ansias porque ella misma, á pesar de su recato y de la poco amable figura de don Gil, había pasado. Describió la escena con todo el acre relieve de que su fantasía, caldeada aún por la violencia de las imágenes, era capaz. Explicó cómo el hombre pequeñito la interpeló desde la calle, cómo llegó á deslizarse en su lecho, cómo la besó, cómo sus manos de enano la palparon...

Sin advertirlo, ponía en la rememoración de estos detalles una minuciosidad malsana. No obstante tratarse de un sueño, don Ignacio sintió su tempestuoso corazón hincharse de celos.

—¿Quieres no contar más desatinos?—exclamó—, porque mañana, si me tropiezo con don Gil y me acuerdo de lo que acabas de decirme, no respondo de darle una pateadura.

XX

Frustrada aquella ocasión de victoria, el alma del hombre pequeñito comenzó á recocerse en nuevas y violentísimas llamas de deseo. Así, aquel año, la primavera encendió en las mozas de Puertopomares—ellas atribuían el fenómeno á la primavera—inquietudes extraordinarias. La obesa doña Amelia gozó de turbaciones desconocidas y tuvo sofocos y palpitaciones de corazón: las hijas de Fernández Parreño y las de doña Virtudes, perdieron con la serenidad casta de sus noches, la alegría rosada de sus mejillas. Daño análogo marchitaba á las niñas de don Valentín. En la mayoría de las mujeres, aun de las casadas, los hombres advirtieron una gran laxitud de ademanes: hablaban y reían menos que antes, y cuando por las tardes iban á la estación, á ver el tren, caminaban más despacio.

—Siempre en esta época—pensaban los padres—la clorósis y la anemia hacen estragos en las muchachas.

Don Elías, poco inclinado á remover la parte moral de sus enfermos, atribuía sus enervamientos á atonía circulatoria ó á pereza estomacal, y recetaba hierro á todo pasto, y don Artemio agotaba las emulsiones, las kolas y los glicero-fosfatos de su botica.