En sus conversaciones más íntimas, las doncellas solían confiarse aquellos ensueños de los cuales todas conservaban impresión ingrata. Ellas sabían que el esposo de tales nupcias era don Gil, porque á intervalos, á través de las nebulosidades de la pesadilla, alcanzaban á vislumbrar su rostro amarillo como la corteza de las naranjas que empiezan á secarse; pero ordinariamente el íncubo adoptaba, al presentarse, las máscaras más horripilantes y absurdas: tan pronto era una vieja leprosa, como un sapo, como una araña de patas aterciopeladas, ó una serpiente de verdosos anillos, ó un animal con cabeza de macho cabrío y cuerpo de gusano, largo, silencioso, que se arrastraba por el suelo semejante á la cola de un vestido de baile.
De estas nauseabundas apariencias el hombre pequeñito no tenía culpa; antes bien, de hallarse capacitado para adoptar forma á su gusto, seguramente hubiese escogido la de un elegante y jarifo mancebo, por ese naturalísimo prurito de agradar común á todas las personas, sin excepción de sexo, edad ni social categoría. No estando en sus facultades hacerlo, mostrábase según la ciega y cruel naturaleza le hizo: pajizo, ridículo, insignificante, esquelético y frío, como un niño enfermo de consunción. Lo que después sucedía era que las muchachas á quienes acosaba, por obra de la imperfección con que trabajan los centros cerebrales durante el sueño, no conseguían distinguir claramente la figura del íncubo, y la entremezclaban con las imágenes que, por una ú otra razón, más las hubiesen impresionado en el curso del día.
Por las tardes, en el aislamiento conventual de la rebotica, mientras hacían labores, cortaban una blusa ó se probaban un vestido, María Jacinta, la hija de don Artemio, su prima Florita, y las dos amigas de su mayor intimidad, Anita Fernández Parreño y Micaela, la primogénita de doña Virtudes, se decían sus terrores nocturnos. Instaladas en sillitas bajas ante la ventana y entre la alegría de los cuévanos rebosantes de ropa y de los bastidores donde el trajín de las agujas iba pintando flores y caprichos, el abundante y sigiloso cuchicheo de las vírgenes levantaba un murmullo de oración. Las cabezas pelinegras ó rubias, adornadas con lacitos de colores, se agrupaban ó separaban según crecía ó menguaba el deshonesto interés de las confesiones. Las nucas blancas, las nucas por cuya piel, en el eléctrico tremar de los nervios, corren los estremecimientos de la voluptuosidad, se ofrecían tentadoras bajo la luz. Anita había dicho á su padre que dormía muy mal, pero sin declararle la causa de su inquietud, y exclamaba riendo:
—¡Me ha recetado un purgante!...
Micaela, que era muy devota, solía persignarse escuchando los secretos de sus amigas. La frecuencia de aquellas apariciones significaba para su misticismo una amenaza del infierno.
—Estamos embrujadas—repetía—: yo creo que debemos confesárselo todo al cura y pedirle que nos exorcise.
Estas palabras causaron impresión.
—Yo—dijo Flora—desde hoy prometo regar mi cama con agua bendita.
—Yo—agregó Anita—no volveré á quitarme los escapularios, y de aquí en adelante dormiré con los brazos en cruz.
Micaela insistía: