—Hay que decírselo al cura; creedme: debemos decírselo toda al cura...

Sus palabras devotas producían momentáneamente una emoción grave. Luego esta seriedad se desvanecía, se aclaraban las frentes y los labios rompían á reir. A coro, entre carcajadas, todas exclamaban:

—Pero, ¿quién tendrá la desvergüenza de confesar esos desatinos?...

Micaela empezó á describir su última pesadilla.

—Soñé que en mi cama había muchos caracoles... ¡Muchos!... Yo los sentía voltijear á mi alrededor y algunos me rozaban con sus cuernecillos. Aquellos bichos gelatinosos me producían un asco horrible...

Flora interrumpió el relato con una observación:

—Esos caracoles ¿estaban encima ó debajo de las mantas?...

—Debajo; ¿no digo que me hacían cosquillas en la piel?... Y, sin embargo, los veía. Repentinamente todos se convirtieron en un solo caracol; un caracol enorme, del tamaño de un gato; yo no quería mirarlo porque sabía que era la cabeza de don Gil. Aquel bicho empezó á colocarse sobre mí. Para defenderme, me puse de lado, pero él dió la vuelta. Caminaba rampando como si fuese por un muro, y según avanzaba iba creciendo. Lo sentía en mi vientre, y llegó á cubrirme desde las rodillas á la garganta. Al principio era frío, luego quemaba... Yo no podía gritar... Reconocía hallarme soñando y quería despertar, y al mismo tiempo deseaba seguir hasta el final del sueño... Aquello era bueno y era horrible á la vez...

Concluyó:

—La explicación de mi pesadilla está en que la víspera mi hermana y yo fuimos á la huerta de don Arístides á coger caracoles.