Como el hombre pequeñito se ofrecía, generalmente, á sus concubinas, era en forma de araña. María Jacinta casi siempre le veía así. Flora y Micaela experimentaban con frecuencia angustias semejantes. Muchas veces, sin perder la idea de su personalidad, sin olvidarse de su nombre, soñaban que eran moscas. ¡Qué alegría, qué turbulencia, qué dulce locura! Volaban sobre las flores, trepaban á los árboles, se bañaban en sol. De pronto, al realizar una pirueta, caían en una red de araña. Los terribles hilos de traición pintados de violeta, de anaranjado, de azul, de verde, por la luz, se enredaban á sus miembros. Luchando por desasirse un temblor de afrodisia las turbaba. La araña, oculta hasta entonces, las acometía sanguinaria. Era don Gil. La red felona se hacía lecho. Ellas, sin comprender nada, volvían á ser mujeres. En parte estas alucinaciones provenían del crecido número de arañas que había en el camino de la Estación. Entre los huecos de las piedras ó al abrigo de las raices de los viejos árboles, abundaban las tarántulas. Las muchachas que, por las tardes, iban á ver pasar el correo, solían detenerse á mirarlas. La ferocidad de la araña, su nerviosidad vibrante, su actitud de emboscada, su inmovilidad absoluta, llena, sin embargo, de vibraciones de impaciencia, interesaban á las mujeres. Con avidez y espanto las mocitas se detenían á examinarlas; el horror, el asco, la voluptuosidad insana de lo feo, el acre magnetismo de lo viscoso, de lo sucio, las retenía allí. Pensaban en el suplicio de los bichos que murieron agarrotados entre los filamentos de aquellas redes arteras. El miedo de que el insecto pudiese picarlas un dedo, lo sentían como un golpe en la nuca: no era precisamente miedo á la picadura, menos dolorosa que el lancetazo de un mosquito, ni al veneno, que destila al morder la tarántula; sino á su aspecto, á las patas que circundan su caparazón, á toda su horrible fealdad brincando, de súbito... Estos instantes de observación morbosa eran cortos; las arañas, sintiéndose expiadas, con un movimiento rapidísimo desaparecían en sus escondites; el cubil de la pequeña fiera quedaba vacío, negro, amenazador, y las mujeres se iban llevándose en la memoria la figura del animal. Por la noche aquellas arañas, lujuriosas y sádicas, tenían la cara de don Gil.

Este recuerdo añadió nuevas palideces al semblante, cera y violeta, de María Jacinta. La hija de don Artemio cruzó las manos con devoción y susto.

—Creo—dijo—que estoy embrujada. Don Gil es malo, es un espíritu de las tinieblas. Mi padre, que no peca de beato, habla de esto muchas veces. Yo opino como Micaela: aunque pasemos un rato de vergüenza, debemos confesárselo todo al cura.

Calló y quedóse triste, apagada, muda, como un líquido que, estando hirviendo, fuese retirado de la lumbre. Tenía miedo. A través de los siglos los misterios eleusíacos del alma femenina, las inquietudes, mitad religiosas, mitad sexuales, de la mujer abandonada en la soledad de su hogar á las tentaciones del Diablo, se repetían. La mujer, que adora el pecado, se abraza, sin embargo, á la Iglesia. En vano quiere ser casta; inútilmente levanta alrededor de su virginidad votos y rejas, y fortalece su ascetismo con el miedo á las hogueras infernales. La naturaleza prolífica, enemiga de la esterilidad, avasalla los más fuertes juramentos; bajo el pie desnudo de María, la serpiente inmortal silba de deseo.

Flora, María Jacinta, Micaela y Anita, discutieron qué cura recibiría más benévolamente sus confesiones.

—Don Leopoldo—dijo la hija de Fernández Parreño—es demasiado joven.

—Y don Emilio—agregó Flora—tiene muy mal genio.

Todas recordaban los odios bíblicos, las improperaciones virulentas con que algunos domingos tronaba, desde el púlpito, la exaltada inspiración de don Emilio. Reconocieron al fin que, para lance tan íntimo y desusado, nadie mejor que don Antolín, el cura más viejo de Puertopomares. Entre el lino de sus cabellos abullonados sobre las sienes como los de un anciano abate, sus orejas, ventanas de perdón abiertas siempre á las confesiones del pecado, sabían escuchar resignadamente. Una observación picaresca de Anita hizo prorrumpir en carcajadas á sus amigas. Por enfriado y hecho á oir desatinos que don Antolín estuviese, ¿podría resistir, cuatro veces seguidas, la historia de la araña?...

Solamente María Jacinta, cuyas alucinaciones nocturnas llegaron, por su repetición y frecuencia, á ser dolorosas, no reía. En la soledad de su dormitorio la pobre niña se extenuaba; alrededor de su lecho la clorosis, la ninfomanía, la neurastenia, la tisis, la locura, parecían repetir, cogidas de las manos, un aquelarre mortal. Aquella araña la bebía la sangre: el contacto aterciopelado y húmedo de su cuerpo lo sentía entre los muslos y sobre el vientre, y sus patas tamborileaban sobre sus flancos. Una noche en que quiso mirarla, el miedo casi la privó de conocimiento. La araña negra, de un negro musgoso, tenía la cara amarilla de don Gil, y la actitud reconcentrada, expectante y terrible, de las tarántulas que acechaban entre las piedras del camino de la Estación. Desde entonces, María Jacinta se abandonaba á ella cerrando los ojos. No quería irritar á la fiera, cuyo aliento subía, como un vaho de horno, hasta su garganta. La crisis voluptuosa hízose calambre y tortura. El vampiro, inmóvil sobre su víctima, clavaba en ella un extraño aguijón.

Pensando en su desgracia la hija de don Artemio se afligió hasta echarse á llorar. Sus amigas también se habían quedado tristes. Aquellos amores solitarios dejaban en todas una ingrata laxitud, una especie de humillación ó de redolor moral, parecido á un remordimiento. Cuando se quejaban ante el médico de sus mejillas sin color, de sus sueños agitados, de la facilidad ridícula que tenían para convertir en risa el llanto y viceversa, de sus pies que se enfriaban repentinamente, de sus palpitaciones cardíacas y de otros síntomas de histeria, don Elías las miraba entre burlón y compasivo. Ellas se indignaban. ¡Si hubieran podido hablarle de la araña!... A sus preguntas Fernández Parreño contestaba siempre del mismo modo trivial: todo aquello desaparecería cuando se casasen. ¡Siempre el matrimonio! El matrimonio erigido en panacea de la mujer, en mixtura para aliviar los dolores de su cuerpo y de su alma, defender su honestidad y asegurar su vida; el matrimonio, que unas veces será rango social, y otras medicina y otras ilusión... Sin duda don Elías acertaba; evidentemente nada mejor que un esposo para conjurar el sortilegio vitando de la araña negra. ¡Pero si en Puertopomares nadie se casaba! ¡Si entre tanto mozo soltero eran contados los que manifestaban vocación de marido!... De todo esto se aprovechaba infamemente don Gil y las mujeres habrían de satisfacerse con él de grado ó por fuerza. Don Gil era el señor, el sultán. El misoginismo cobarde de la mayoría aseguraba su imperio y dictadura.