Dos hechos removieron aquel verano la atención dormida del vecindario, y arrojaron una alegría en las soporíferas tertulias del Casino, del Café de la Coja y de la Fonda del Toro Blanco. Uno de ellos fué la probada intimidad de las relaciones de Romualdo Pérez con la hija mayor de doña Virtudes; el otro, la trágica muerte del señor Eustasio, el tonelero.
Micaela, efectivamente, cansada de vivir bajo la dominación del hombre pequeñito, decidió conceder á su novio la sabrosas preeminencias de amante: vería ella entonces cuál de ambos maridos era más fuerte.
El primero en percatarse de este secreto y divulgarlo, fué don Artemio Morón, que continuaba siendo el vecino más madrugador de Puertopomares. Los conspicuos del Casino, especialmente, saborearon y relamieron la noticia como un caramelo. El boticario les explicó su descubrimiento. De tiempo atrás espiaba á Romualdo, y su olfato, en asuntos de este jaez, era muy fino. Varias noches consecutivas él y Romualdo salieron juntos, y en llegando al callejón del Misionero, se separaban: Pérez íbase á charlar con su novia, y don Artemio seguía hacia su farmacia. Aquel noviazgo no era un misterio para nadie: cuantas personas transitaban á media noche por la calle Larga, estaban acostumbradas á percibir en la oscuridad la silueta del galán agarrado y como pegado á una de las rejas de la «Casa-Cuartel» de doña Virtudes.
El azar puso á Morón sobre la verdadera pista de lo que, sin motivo y sólo por holganza mental, tan ahincadamente codiciaba saber.
Una madrugada, el sereno del callejón del Misionero, á la hora de retirarse, fué á la farmacia á comprar un sinapismo para su mujer, que tenía dolor de costado. Estremecido por un presentimiento, don Artemio le preguntó por Romualdo. El sereno le había visto aquella noche, como otras muchas, en la reja de su novia.
—Por cierto—dijo deslizando en su observación un poco de malicia—que no sé el camino que luego habrá seguido para ir á su casa.
Morón aseguró que por la calle Larga no había pasado. Precisamente aquella mañana abrió su farmacia más temprano que nunca, y no se había movido de la puerta. La idea de que Romualdo hubiese allanado la severísima «Casa-Cuartel» de la viuda de Castro, le sacudió y fué á recogerse alegremente en su corazón. Inmediatamente determinó comprobar su sospecha; pero no para indignarse contra las malas costumbres y retirar á la descarriada Micaela su estimación, sino para regodearse con la salpimienta y buena gracia de la aventura, y referirla á sus amigos.
Noche tras noche don Artemio espió á Romualdo, y su animoso afán traía tal regocijo á su espíritu, que daba por bien perdidas sus horas mejores de sueño. Con la topografía del sitio ocupado por la casa de doña Virtudes, había compuesto don Artemio una especie de inexorable silogismo; y era: que si el callejón del Misionero constituía un tránsito ó pasadizo cerrado entre la calle Larga y la del Sacramento, quien entrase en él, de no salir por una esquina había de hacerlo por la otra, como algún zaguán misericordioso no le acogiera y ocultase.
La labor del viejo Morón fué ruda. Según costumbre, procuraba salir del Casino con Romualdo, despedíase de éste frente al callejón del Misionero, y continuaba su ruta. A veces los huéspedes de la Fonda del Toro Blanco le veían llegar, abrir la puerta de su farmacia y asegurarla después con llaves y cerrojos.
—Deben de ser las doce—pensaban.