Y aquel fragor de hierros parecía arrojar un nuevo silencio sobre la vecina Glorieta del Parque. Transcurridas dos horas, don Artemio reaparecía, calzado con sigilosas alpargatas, y liviano como una sombra deslizábase por la acera más oscura; su perfil fugitivo desvanecíase á intervalos bajo las sombras oblicuas de los viejos balcones volados y los frontis salientes. En la esquina del callejón del Misionero se detenía, y asomando un ojo nada más, miraba hacia el fondo pendiente y oscuro del pasadizo. La silueta de Romualdo, en pie y como cosido á la reja de sus amores, producíale indecible consuelo. El cuchicheo de los novios llegaba á él como un murmullo de fontana. Todo el pueblo, bañado en luna, dormía; y en su quietud, la canción del río, el silbido lejano de un tren, el grito vigilante de un sereno que cantaba una hora. La casa de doña Virtudes ocupaba el comedio de la callejuela; por esta circunstancia Morón sabía que Romualdo no podía sorprenderle, pues si enderezaba sus pisos hacia donde él acechaba, tiempo sobrado tenía de alejarse lo suficiente para no ser visto.

Pegado á la esquina que le servía de observatorio, el farmacéutico únicamente sacaba fuera de ella, y á intervalos, la mitad del rostro. Así, aterido bajo los rigores del relente, perdió varias noches. Al cabo, logró su objeto. Una madrugada, ya muy tarde, al hundir su mirada en las oscuridades profundas del callejón, advirtió que Romualdo no estaba. ¿Era posible? Para desvanecer dudas, dirigióse hacia la calle del Sacramento. Allí, sentado en el quicio de una puerta, encontró al sereno, quien demostró pasmarse mucho de ver á don Artemio en alpargatas y á tales horas.

—¿Ha pasado por aquí Romualdo?—preguntó Morón.

—No, señor; no es hora todavía; se retira siempre más tarde.

El boticario, alto y flaco, con su joroba y su cabeza cubierta por una boina, se frotaba las manos alborozadamente. Ya el misterio era suyo. Si Romualdo había desaparecido del callejón del Misionero sin salir de él ni por la calle Larga ni por la del Sacramento, claro es que se hallaba en casa de doña Virtudes.

Don Artemio concluyó declarando el júbilo que le producía el esclarecimiento de aquel enredo.

—Es indispensable—prosiguió—que esta misma noche los naipes queden boca arriba. ¡Nada de tapujos! Me revientan los hipócritas. Quien la hace, que la pague. ¿Cuándo dejas tú el servicio?

Repuso el sereno que á las cinco; pero que las últimas horas de la madrugada solía pasarlas durmiendo en un zaguán.

—Pues hoy no se duerme—ordenó el boticario, cuyo acento fluctuaba entre el tono amistoso y el dominador que le daban su edad, su profesión y su autoridad en el Ayuntamiento—; hoy no se duerme. ¿Entiendes bien? Necesitamos cazar á ese hombre. A las cinco, si no le has visto, le esperas; no te importe que sean las seis, ni las siete. La cuestión es cogerle. Cuando pase, le das los «buenos días» y nada más; con eso tiene bastante. Yo, en la otra esquina, haré lo mismo.

No le fué difícil á Morón captarse la alianza del sereno, que para las acciones villanas más que para las nobles, las gentes se conciertan en seguida, y ya puestos de acuerdo los dos hombres montaron una celosa guardia. Mientras duró el acecho, ninguno tuvo frío, ni sueño. Desde su observatorio, don Artemio veía brillar en el término más hondo del callejón el farol del sereno; como éste vislumbraba, en la esquina de la calle Larga, el perfil alerta del boticario. Varias veces los gallos cantaron. Palidecían las estrellas. Iba invadiendo el firmamento un claror indeciso, una blancura indefinible de plata. En el reloj de la torre de la iglesia, en aquella torre donde el tiempo, al pasar, parecía enredarse, sonaron las tres... las tres y media...