A las cuatro y minutos, en el hondo sosiego del callejón vibró, casi imperceptible, el ruido de una cerradura, y en la puerta de la casa de doña Virtudes apareció Romualdo. El galán iba á seguir su camino de siempre, pero al ver al sereno plantado en la calle del Sacramento volvió sobre sus pasos. Su andar tenía una ligereza de fuga. Don Artemio, en lugar de ocultarse, decidió esperarle, cachazudamente recostado detrás de la esquina. Al doblar ésta y encontrarse con el boticario, Romualdo tembló. Imposible retroceder; había caído en la trampa. El mozo quiso disimular su ira con palabras de chanza y salutación.

—Bien se madruga, don Artemio.

—Es verdad; pero hoy á usted tampoco se le han pegado al cuerpo las sábanas.

—Hasta mañana, don Artemio.

—Hasta mañana, Romualdo.

El boticario volvió á su farmacia reventando de risa. «Sabe que yo lo sé todo y va hecho un tigre»—pensaba.

Romualdo dejó transcurrir varios días sin ir al Casino, ni á la Fonda del Toro Blanco. Corrió la noticia de que se hallaba enfermo. Cuando reapareció, Morón, Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Isidro Peinado, don Niceto... cuantos á costa de su aventura más habían reído, le preguntaron con evidente cariño y ceremonia por su salud, y no volvieron á mirarle en toda la noche.

El interés de este lance palideció á la semana siguiente con el trágico fin del señor Eustasio García, el tonelero de la calle Arcos de la Cárcel. A su muerte, por un azar que no pasó inadvertido á los glosadores del suceso, iba ligado fatídicamente el nombre de don Gil.

El señor Eustasio era uno de los tipos más notables, simpáticos, alegres, laboriosos y aficionados á repartir limosnas, del pueblo. No creía en los mendigos de oficio, pues más trabajo cuesta extender la mano que cerrarla bien sobre el mango de una herramienta para ganarse el pan sin humillaciones. De aquí, su inagotable caridad.

—El que pordiosea—decía—es porque no puede hacer otra cosa...