Cuando alguien iba á su casa preguntando por él, la cara de la mujer que tenía establecido en el zaguán un despacho de bebidas, resplandecía con una sonrisita de satisfacción.
—¿El señor Eustasio?... Sí, aquí es: al otro lado del patio.
Y aquella sonrisa, era como un recuerdo cariñoso ofrendado al inquilino más antiguo y mejor de la finca.
El señor Eustasio, siempre en mangas de camisa, alto, barrigudo y contento dentro de sus holgados calzones de pana y sobre la ufanía resonante de sus zapatones claveteados, trabajaba y cantaba todo el día, á la intemperie, bajo el retal de cielo, unas veces riente y azul, otras plomizo y lluvioso, del patio. Estaba casado y tenía cinco hijos, el mayor de diez años. Aquella chiquillería constituía la obsesión torturadora, y también el esperanzado regocijo, del tonelero. Ciertamente necesitaba atrafagarse mucho para mantener á tantos; pero luego, cuando hasta los más pequeñines estuviesen criados, ¡qué paz interior, qué regocijo, qué noble orgullo patriarcal sentiría viendo asegurada su raza!... Por eso la actividad clamorosa de su martillo no cesaba nunca; aquel rudo batanear parecía la voz de la casa, una voz saludable y fecunda. Apenas el barril estaba concluído, el señor Eustasio, de un puntapié, lo enviaba rodando, al otro extremo del patio. El barril giraba, alejándose con balanceos graciosos. ¡Qué bonitos eran aquellos toneles, qué elegantes, qué sólidos!... Sus movimientos tenían un regocijo especial; un regocijo de hombre gordo... ¡Verdaderamente en pocas capitales de provincia se fabricaban otros iguales!...
Pensando así el señor Eustasio, satisfecho de su obra y vanidoso como un artista, se esparrancaba, echaba la cabeza hacia atrás y encendía una pipa.
¿Por qué aquel hombre excelente, dulce, incapaz de matar un gorrión, sentía una afición tartarinesca á las armas de fuego? ¿Era esto una previsión discreta? ¿Era un atavismo, ó una vanidad parecida á la de los niños cuando sus madres, en carnaval, les visten de soldados?... Lo cierto es que, como otros hombres tienen un bastón, una sortija ó un perro, el señor Eustasio tenía un revólver. Para justificar este capricho bélico el tonelero solía decir:
—Conviene vivir prevenidos. En los pueblos, más aún que en las ciudades grandes, ningún hombre honrado debe salir á la calle con las manos vacías.
Aquel revólver era la ventana romántica por donde su dueño, pacífico, metódico y abrumado de trabajo y de familia, se asomaba á las regiones de lo novelesco y hazañoso. El individuo que tiene un revólver puede, en caso necesario, llegar á ser un héroe. Así, cuando se encargaba un pantalón, lo primero que el señor Eustasio pedía al sastre era un bolsillo atrás, sobre las caderas.
—Porque yo—decía—siempre voy armado.
Aquel chisme pesado é inútil le molestaba bastante, mas no por ello dejaba de llevarlo consigo á todas partes. Algunas veces salía de su casa y, al doblar la primera esquina, lo echaba de menos. Entonces, apresuradamente, desandaba el camino. Su mujer le preguntaba: