—¿Se te ha olvidado algo?

Y él respondía, un poco misterioso:

—Sí; el revólver...

Aquel viejo revólver, grande, negro, colgado de un clavo á la cabecera del lecho marital, infundía á los niños un temor religioso.

—¡El revólver de papá!...—decían.

Lo miraban, sí, pero á distancia y respetuosamente; ninguno se atrevía á tocarlo; el trueno de pólvora de sus entrañas, les empavorecía; allí dormía la muerte; desde que nacieron estaban viéndolo y, sin embargo, no habían llegado á familiarizarse con él. La esposa también lo respetaba. Era una especie de dios penate, á la vez bondadoso y terrible, que defendía el hogar y velaba por la salud de todos.

Transcurrieron los años: cinco, ocho, diez...; y llegó la catástrofe con la fuerza inexorable de lo preestablecido.

Una tarde, el tonelero, como siempre, trabajaba en el patio; sus manos iban y volvían diligentes por la panza pulida del barril que estaba construyendo; el atabaleo fecundo y saludable de su martillo rompía ufanamente la quietud de la casa. De pronto, al agacharse, resbaló y cayó al suelo, disparósele el revólver y el infeliz recibió de abajo arriba, en el pecho, un balazo mortal. ¡Revólver maldito! ¿Por qué lo compraría el señor Eustasio? ¿Por qué, para morir así, lo llevó con dolor de sus riñones tantos años consigo?...

La muerte del barrilero preocupó mucho á la opinión. El señor Eustasio no tenía enemigos. Era laborioso, honrado, servicial, caritativo; y luego, ¡aquel hogar sin defensor, aquellos cinco hijos sin padre!... Varios centenares de personas acudieron á su entierro y para socorrer á la viuda el diputado don Juan Manuel Rubio encabezó con veinte duros una suscripción cuya suma total ascendió pronto á un millar de pesetas.

El perito armero llamado por don Niceto para examinar el revólver del señor Eustasio, certificó que tenía el seguro roto. Durante algunas semanas este suceso sirvió de asunto á todas las conversaciones. Era deplorable, también era cómico, el fin de aquel hombre pacífico empeñado en no separarse, ni aun en su casa, de un revólver que, la única vez que disparó, fué contra su amo.