Alguien dijo que, días antes de ocurrir la desgracia, el tonelero tuvo un disgusto con don Gil Tomás, á propósito de dos barriles que éste le había encargado. La cuestión, según sus comentaristas, fué bastante seria; el señor Eustasio, á pesar de su bonísimo carácter, creyendo atropellados sus intereses llegó á amenazar al hombre pequeñito, y á no impedírselo las criadas de éste, le hubiese golpeado. Por referirse al solitario del Paseo de los Mirlos, esta historia ó conseja interesó grandemente al vecindario, y de unos en otros, con las alas sigilosas de la superstición, dió la vuelta al pueblo en seguida. En el Casino, en el Café de la Coja, en la Fonda del Toro Blanco, en los comercios prósperos de la calle Larga, como en los oscuros atajos, rincones y marañosos pasadizos inmediatos á la Puerta del Acoso, nobles y plebeyos glosaron largamente el lance. Los más viejos recordaban el sueño fatal de Ursula Izquierdo, y la muerte del cosario Manuel Ayala.
Estas evocaciones contribuyeron á reforzar las sombras de brujería con que, desde antiguo, la certera imaginación popular rodeaba la enmelada y tacaña figura de don Gil. En su rostro sin risas, con sus ojos fríos y su piel de color de luna, acechaba el misterio. Cuando iba por la calle, tal vez porque sus pies diminutos fuesen demasiado livianos, le circundaba una sensación de silencio; aquel silencio le seguía y le anunciaba; era un halo de enigma extendido á su alrededor. ¿De qué fuerzas teúrgicas, de qué recursos hechiceros y terribles dispondría aquel hombrecito para vengarse?... Las mujeres, que conocían bien sus perversidades, aseguraban en la mesa familiar que don Gil, de noche, vivía una existencia intensa y aparte. Las esposas hablaban á sus maridos de las posesiones disparatadas á que el enano las sometía, y éstos la comentaban después entre sí. Los hombres llegaron á mirarle como á un rival. Un odio criminal germinó contra él. Era el brujo aliado del Diablo; el hierofante árbitro de todos los recursos de la lecanomancia y de la brizomancia; el íncubo sádico para quien ningún cuerpo de mujer bonita guardaba secretos; el vampiro que marchitaba en las mejillas de las vírgenes las rosas de la salud, mordisqueaba sus senos y las enseñaba las láminas lascivas del Libro del Pecado; el iniciador astuto por quien las niñas permitían á los muchachos que, jugando, las cogían del talle, á deslizar sus manos más abajo...
Cuando don Artemio supo el disgusto habido entre don Gil y el señor Eustasio, su alma impresionable también cayó del lado de la superstición.
—¡Ahora me explico su muerte!—exclamó.
Estas palabras, dichas por un hombre de ciencia, delante de ocho ó diez personas, tuvieron la virtud terrible de una sentencia. Había que matar á don Gil; ó, cuando menos, obligarle á salir del pueblo.
XXI
Más de un año necesitaron los Paredes para decidirse á buscar el tesoro que, según creencia suya, el señor Frasquito dejó escondido bajo las raíces del chopo. En sus frentes criminales, en sus cráneos pequeños, puntiagudos y rojos, reinaba la prudencia. La fortuna les causaba miedo; el brillo petulante del dinero podía delatarles; ellos habían oído decir muchas veces que ningún asesinato queda impune, pues siempre, tarde ó temprano, la casualidad descubre el rastro de todos los crímenes, cual si los muertos, valiéndose de recursos sobrehumanos, volviesen del otro mundo á contarles la verdad á los vivos y á pedirles justicia.
Enfrenados por este recelo, durante meses no se apartaron en un ápice de su existencia ordinaria. Según costumbre y acaso con mayor tesón que antes, Rita cuidaba del hogar y de los niños, y Toribio todas las madrugadas, apenas despuntaba el día, aparejaba el burro, cargábalo bien de paños, mantas y percales, y salía á recorrer los pueblos comarcanos. Su itinerario variaba según la estación: unas veces iba á Nava de Pomares, otras á Torres de la Encina, ó á La Olla; otras á Candelario, donde el dinero corría abundante desde Noviembre á Febrero, meses destinados á la matanza. Por todos aquellos alrededores la figura crecida y enjuta de Toribio Paredes, con su paso largo y su cabeza minúscula y bermeja, era popular. Sin embargo, nadie le quería. A pesar de su cuidado en mostrarse amable, sus ojos buidos y sus pómulos salientes y pecosos, irradiaban frialdad. Su mandíbula descarnada era cruel; sus manos huesudas, cubiertas por un vello azafranado, escondían una amenaza. Daba la sensación de un hombre que huye. En el campo, al cruzarse con él las mozas apretaban el paso; tenían miedo á su mirada tenaz, á su boca recogida y sedienta. Algo extraño, una especie de invisible sombra, parecía marchar á su lado por los caminos.
Nunca fué simpático Toribio Paredes. Años atrás los suburbanos de la Puerta del Acoso, habíanle tildado secretamente de mantener relaciones con Rita. Nadie se sorprendió. Eran los tiempos en que la mujerona, de noche, ponía un farol en la sumidad del chopo del patio. Lujuriosos, abyectos, tiranizados por la más repugnante animalidad, los dos hermanos se buscaron. Su pasión maldita tuvo refinamientos abominables; se emborrachaban y su satiriasis urdía escenas brutales. La murmuración decía que una tarde, en el bosque, Rita se abalanzó sobre una zagala, sujetándola por detrás mientras Toribio la violaba.
La aparición de Frasquito Miguel desvaneció aquellas nubes incestuosas; Toribio recobró su puesto de hermano; el farol del chopo no volvió á encenderse; nacieron Pepe, María Luisa y Francisco, y en las ventanas de la antigua mancebía hubo ropas infantiles tendidas á secar. Ante la puerta, ahora cerrada, los romeros del deseo pasaban de largo.