Muerto Frasquito, la gente reverdeció la historia incestuosa de los Paredes. Nada, sin embargo, parecía acusarles. Eran laboriosos y callados, y mostrábanse tristes, más tristes que nunca, como si el dramático fin del señor Frasquito hubiese dejado en ambos un dolor sin consuelo. Las vecinas estaban al corriente de todo, y, á su pesar, sus deducciones eran favorables á los hermanos. Toribio tenía su alcoba; Rita dormía en otra habitación con los niños. La mujerona ya no se perfumaba con agua de Colonia, ni se apretaba el corsé como antes. El pañero, después de cenar iba un rato al Café de la Coja, pero se retiraba temprano; no bebía ni jugaba; también había renunciado á su enredo con Maximina, la criada de don Gil. Sus ademanes adquirieron, casi de súbito, una laxitud de fatiga. En poco tiempo se avejentó. Muchas noches, al volver á su casa, mientras abría la puerta de la calle, los vecinos le oían suspirar...
Abroquelados en esta actitud de prudencia y de melancolía, los dos hermanos dejaban transcurrir el tiempo; el tiempo, tan pronto enemigo como aliado del hombre, que indistintamente se lleva las cosas buenas y las malas. A lo largo de los meses, Rita y Toribio espiaban la ocasión de cobrar su crimen, pero el miedo á delatarse les entumecía la voluntad y paralizaba indefinidamente su acción. Dentro de sus conciencias tenebrosas, una voz cobarde murmuraba invariable:
«Todavía es pronto...»
Y esta observación, que no subía á sus labios, producía en sus carnes la sensación del hielo.
Tanto ella como él tenían determinado, no bien desenterrasen el tesoro, trasladarse á otra calle mejor, donde establecerían un comercio. Mientras, su temor á infundir sospechas les vedó alterar en nada la disposición de su casa; los muebles ocupaban los lugares de costumbre, y en la mesa el sitio del señor Frasquito continuaba vacío, como esperándole. Esta quietud triste parecía una ofrenda dedicada al muerto.
A Toribio, sin embargo, le molestaba un retrato de Frasquito Miguel que había sobre la cómoda, en la misma alcoba donde le mataron. La fotografía, hecha en Salamanca muchos años atrás, empezaba á palidecer. Siempre que Paredes entraba en la habitación, los ojos del retrato, misteriosamente, le salían al encuentro. A Rita también la preocupaba aquella imagen cubierta de tristeza por la acción decolorante de la humedad y de la luz. Un día la mujerona agarró impetuosamente la cartulina, regresó con ella al comedor, y allí, á la vista de su hermano, la partió en cuatro pedazos.
—¡Así habremos desterrado la mala sombra!—exclamó.
Y tiró los añicos sobre la mesa. Su propósito, no obstante, falló. En uno de aquellos trozos la cara de Frasquito Miguel se había librado intacta. Toribio, con miedo, con rabia, cogió el pedazo y lo rompió en dos; pero, al quebrarse el cartón, fué de manera que también esta vez la cabeza se salvó. ¿Por qué es tan difícil romper un retrato? ¿Por qué tienen todas las fotografías, especialmente las de los muertos, algo metafísico que las defiende?... Los dedos de Toribio desmenuzaron la imagen: borráronse la nariz y la boca; luego la frente; sólo los ojos, resignados, tristes, acusadores, resistían aún, salvándose como de milagro, de unos pedazos en otros, y siempre por pequeños que éstos fuesen, cabían los dos. Toribio llegó á morderlos. Al cabo, desaparecieron también.
El trabajo que hubieron en destruir aquel retrato contribuyó á acobardarles y atardar la fecha de buscar el tesoro. Los dos miserables sentíanse espiados, oprimidos, por algo invisible. Tenían miedo á moverse. A todas horas parecíales que una pupila ardiente, asomada á las cerraduras, les vigilaba. Tampoco se atrevían á hablar, cual si detrás de cada puerta acechase el oído de un policía.
En diferentes ocasiones Toribio manifestó á sus vecinos deseos de vaciar y solar el patio. Según él, hallábase en malísimas condiciones, porque la tierra se reblandecía con las lluvias y esta humedad dificultaba la buena conservación de las mercaderías en el almacén. Todas las personas á quienes explicaba su propósito, lo aprobaban. Una mañana se detuvieron ante la casa de los Rojos, dos chirriones cargados de ladrillos, que fueron transportados al fondo del corral. Allí, hacinados contra el muro, permanecieron ociosos mucho tiempo, tanto, que con la llegada de la buena estación los más expuestos á la intemperie comenzaron á cubrirse de verdina. Los vecinos, conocedores de la diligencia y resuelta voluntad para el trabajo del pañero, se asombraban de que no diese pronto empleo á aquellos materiales. Rita le disculpaba diciendo que la operación era grave, pues necesitaban arrancar las raíces del chopo, porque luego, con la humedad, podían hincharse y romper el piso; además, Toribio, desde la muerte de Frasquito Miguel, á quien quiso mucho, ya no era el mismo; sin duda, la pena acansina y muda el carácter más que los años. Toribio, que antes andaba diariamente tres y cuatro leguas sin fatiga, ahora, cuando volvía de vender, ni alientos para cenar le quedaban. El buhonero, con la misantropía de su actitud, procuraba corroborar estas palabras indultadoras. Chuzón y ladino, buscaba que las gentes fuesen habituándose á la idea de que el patio, tarde ó temprano, había de solarse, para que así no se sorprendiesen de verlo una mañana desmenuzado y removido.