Al fin, sosegados un poco todos los escrúpulos y resquemores de su prudencia, los dos hermanos decidiéronse á exhumar aquellas tres orzas, repletas de oro, en las que tantas veces, ya despiertos, ya dormidos, habían pensado.
Resueltos á tentar la aventura, sus codiciosas voluntades recobraron sus fueros y halláronse repentinamente en posesión de abundantes energías. Instintivos, violentos, unilaterales en el desarrollo de sus capacidades interiores, el rasgo culminante de sus caracteres era la acción.
La noche que eligieron para la faena, no había luna. Temerosos de que alguien, desde algún postigo ó buharda distantes, pudiera observarles, pensaban trabajar sin luz; con el vago claror estelar tendrían suficiente, y adonde los ojos no alcanzasen llegaría la sutileza tactil de sus manos y de sus pies descalzos; que á esto redúcense muchas veces los medios de conocimiento que ayudan al minero en la tiniebla del filón.
A Rita, como á Toribio, el hombre pequeñito les había dicho:
«La orza más grande se halla al término del patio, no lejos del pozo. Allí es, de consiguiente, donde debéis empezar á cavar.»
La operación, digna de cíclopes, fué desde el primer momento dura y angustiosa. Tanto la misma rudeza del trabajo, como el miedo á la maliciosa atención del vecindario, sembraban en el espíritu de ambos hermanos zozobras y quebrantos mortales. Finaba Mayo, y no obstante la templanza del ambiente la mujerona y el pañero tenían los rostros cubiertos de sudor; sus cabellos de rútilo se adherían á sus frentes encendidas por el esfuerzo; sobre sus lomos el cansancio corría hecho agua. Toribio, que empezó á trabajar en mangas de camisa, no tardó en desnudarse de medio cuerpo arriba, y bajo el impreciso resplandor astral su torso blanco, de musculatura ágil, enjuta y tremante, se removía con flexibilidades tigrescas.
En dos horas de faena, la zanja que iban abriendo alcanzó cerca de tres metros de largo por uno de profundidad. No habían perdido el tiempo. Pero el suelo era calizo, duro, compacto, y las viejas raíces, torcidas y nudosas, arracimándose aquí y allá, como disciplinas, daban á la tierra increíble y desesperante cohesión. Peleaba el hombre con ella sin desmayos, bien esparrancado, apretados los dientes, la nariz dilatada, las manos rabiosamente crispadas sobre el mango del azadón. Levantaba la herramienta en el aire y luego la hundía, con todo el fervoroso empuje de sus lomos y de sus brazos, en el suelo hostil, y apenas la arrancaba cuando tornaba á izarla sobre su cabeza. El azadón, agudo, bruñido, dotado de una expresión hambrienta, semejante á un colmillo de acero, mordía la tierra, destrizándola. En el silencio, sus percusiones resonaban acompasadas, inquietantes, profundas, y parecían venir de abajo como un temblor sísmico.
La mujerona, acurrucada cerca de su hermano, le favorecía unas veces apartando y recogiendo con sus propias manos la tierra, otras esgrimiendo una pala. A media noche, Toribio, extenuado de cuerpo, desalentado de espíritu, tiró el azadón y dejóse caer sobre un borde de la zanja. Sudaba de tal modo, que Rita acudió á secarle con sus faldas el cuerpo y el rostro, y luego le echó una chaqueta por los hombros. El buhonero no podía más; la sospecha de que las orzas, soñadas tantas veces, no existían, acababa de quitarle los últimos alientos; como herida del rayo, su voluntad quedó ovillada, pulverizada, muerta.
—Creo—suspiró—que estamos perdiendo el tiempo.
Rita, en cuclillas á su lado, murmuró: