—Pero si «él» lo ha dicho.

Se refería á don Gil.

—Sí—repuso Paredes;—«él» lo dijo; pero, ya ves...

Rita, suavemente, le reprochó su cobardía. Si se tratase de un sueño, de un sueño sólo, ella desconfiaría. Pero la pesadilla del tesoro escondido por Frasquito habíase repetido muchas, muchísimas veces, y siempre con idéntico acopio de indicaciones y detalles. Eran tres orzas de tamaños diferentes; ambos las habían visto, y describían su forma y color del mismo modo. ¿No bastaba esto? Además, don Gil, que con tan resuelta decisión les hablaba de aquella fortuna, ¿qué empeño tendría en engañarles?... ¡No, ella era terca! Para convencerse de que debajo de aquella tierra no había nada, necesitaba vaciar todo el patio, arrancar una á una todas las raíces, y en esta faena emplearía una noche, dos, tres, cuantas fuesen precisas. ¿No serían ellos capaces de cavar tan hondo como cavó Frasquito Miguel?

Con estas razones, las fuerzas de la esperanza tornaron al corazón de Toribio Paredes; la quimera volvió á pasar ante sus ojos deslumbrante. Levantóse resuelto, tiró al suelo la chaqueta que le abrigaba, y empuñó el azadón. La mujerona asió la pala. A veces la punta de aquél mordía con estridencia acre la dureza de una raíz, otras se clavaba hasta la cruz en el suelo mollar; mientras, la lengua brillante de la pala, empujada por el pie de Rita, recogía con agrio chirrido la tierra arenosa. Así, callados y como á porfía, continuaron los dos.

De pronto recibieron una emoción alegre, vivaz y penetrante, que, suspendiéndoles el aliento y paralizándoles el corazón, á durar algo más hubiérase convertido en mortal congoja y desmayo. En un plano muy superior al del fondo de la zanja acababan de ver la panza de una orza. Milagrosamente el diente del azadón, al pasar impetuoso junto á ella, no la rompió. Su cuerpo esférico, lucio, hinchado probablemente de oro, asomaba orondo en la pared del tajo, y era grande y verde, según Toribio y Rita la vieron en sueños.

—Mírala—balbuceó la mujerona conteniendo un grito.

Y su hermano, temblando, repitió:

—Mírala...

Ciertamente, para esconder su tesoro el señor Frasquito no se había molestado mucho, pues lo dejó á medio metro bajo el nivel del suelo, sabedor de que nada guarda ni aleja tanto las cosas como la ignorancia del sitio donde están. La orza yacía entre un puñado de raíces, lacias, retorcidas, semejantes á las patas de un pulpo; y aquellas raíces eran como los dedos de una mano fantástica que bruscamente saliese de la tierra á ofrecer á los dos asesinos la fortuna.