Toribio dejó el azadón y, arañando en la tierra y rompiendo las raíces que habían tejido alrededor de su presa una especie de red, cobró la vasija, que pesaba muy poco. Esto le contrarió y nubó el rostro de densa palidez.

—¿Está vacía?—balbuceó Rita.

—Parece que sí...

La contemplaba con expresión idiota. Después la sacudió en el aire, acercándosela al oído, para escuchar; dentro de ella percibió un rumor vagaroso, un tenue roce de papeles. Rita, avisada y siempre optimista, dedujo inmediatamente que el capital del difunto Frasquito estaba en billetes de Banco. Tras una breve deliberación acordaron cerciorarse de lo que la orza contenía, y remitir la busca de las otras dos á la noche siguiente. Así lo hicieron, y volviendo la tierra á la zanja y apretándola luego con los pies para disimular un poco lo hecho, regresaron á la casa. Las tres de la madrugada eran pasadas y los gallos volvían á cantar. Toribio no quiso perder tiempo en vestirse; no tenía frío, ni siquiera percatábase del dolor de sus brazos entumecidos por el relente. Una fiebre de oro abrasaba su sangre.

Sobre la mesa del comedor, bajo la luz rojiza del quinqué, los Paredes rompieron la orza, cuya boca había sido cuidadosamente lacrada. La vasija contenía doce mil reales justos en billetes de veinticinco, cincuenta y cien pesetas. La mujerona, que presenció impávida el asesinato de Frasquito, ahora, con el júbilo de su codicia, sentía sus piernas desfallecer y tuvo que sentarse. Toribio, inmóvil, encueros de cintura arriba, con su cráneo bermejo y puntiagudo y sus manos trémulas de sordidez, estaba repugnante. Los dos hermanos no se cansaban de palpar aquellos billetes: unas veces los cogían á puñados, por la satisfacción de sentir sus manos llenas de oro; otras los acariciaban y desarrugaban delicadamente entre sus dedos, ó acercándolos al quinqué los examinaban al traslúz, cerciorándose de que todos eran legítimos. Luego procedieron á dividirse las ganancias; á cada uno de ellos correspondían mil quinientas pesetas.

—Es tonto andar en particiones—dijo Toribio—pues que hemos de seguir viviendo juntos.

—No importa—objetó Rita;—con el dinero no se juega, por aquello de que «cuenta y razón conservan amistad». Además, que, si como tenemos pensado, abrimos una tienda, haciendo ahora lo que yo digo, cada cual sabrá exactamente cuánto aportó al negocio.

Transigió Toribio, y ya el reparto iba á quedar hecho, cuando la dudosa validez de un billete de cincuenta pesetas suscitó entre ambos hermanos una disputa.

—¡Es falso!—exclamó Rita;—¿no conoces la moneda, ó quieres engañarme? Sobre todo, si te gusta, quédate con el y dame otro.

El gorgotero estaba cierto de que el billete era bueno. Sin embargo, las aseveraciones de la mujerona llevaron la indecisión á su ánimo.