—No seas imbécil—dijo—si todos son iguales. ¿No ves que todos son iguales?
—Pues no quiero ese. Cámbiamelo.
Ninguno cedía, y llegaron á mirarse con ojos de amenaza. Para solucionar amigablemente la cuestión, Toribio propuso recurrir á la suerte. Aunque de mal talante la mujerona accedió, y él lanzó al aire una moneda, exclamando:
—¡Cruz!...
La moneda tintineó alborozadamente contra la mesa.
—Cara—murmuró Rita riendo;—me alegro; has perdido.
Su hermano, rezongando una interjección, recogió el billete sospechoso, y seguros ambos de que los niños no habían despertado, se fueron á dormir.
A la noche siguiente, ya mejor orientados, reanudaron sus pesquisas, cuyo fruto fué el hallazgo de dos vasijas más, una con cuatrocientos y otra con ciento veinte duros, que, sumados á los seiscientos de la primera orza, arrojaban un total de cinco mil seiscientas pesetas. Conseguido esto ya no buscaron más. Estaban satisfechos. El hombre pequeñito no había mentido.
Disimulados y suspicaces, perseguidos continuamente por el temor á ser descubiertos, aquella misma mañana los Paredes emprendieron la faena de solar el patio. Dos días tardaron en concluirla, y al colocar sobre aquella tierra el último ladrillo, experimentaron un inefable bienestar. Por las noches, disponían tranquilamente los horizontes de su porvenir. Nadie debía extrañarse de que dejasen «la casa del chopo», foco para ellos, desde la muerte de Frasquito Miguel, de negros recuerdos. En cuanto al nuevo local que buscasen, estaban de acuerdo en elegirlo amplio y céntrico. Rita había visto un cuarto, bueno para almacén, en la Glorieta del Parque, contiguo á la Fonda del Toro Blanco. Toribio, calculador y reflexivo, rechazó aquella proposición: él conocía un local mucho mejor en la calle Larga, la más frecuentada de Puertopomares y, por lo mismo, la más comercial. Tenía tres huecos ó puertas, de las cuales dos, revestidas de cristales, servirían de escaparates. Era espacioso, con habitaciones cómodas, sótanos ventilados y secos, muy idóneos para guardar mercancías, y un patio, solado de cemento, que, en caso de necesidad, podía ser fácilmente techado.
La mujerona, que tenía gran fe en las iniciativas de su hermano, se dejó convencer, y de allí á pocos días Toribio Paredes se entrevistó con el propietario de la nueva finca, la que, previos los obligados regateos, tomó en arrendamiento por cincuenta pesetas mensuales.