Desde entonces, al antiguo gorgotero nadie volvió á encontrarle por los caminos. La vida regalona de aquellos últimos meses había aristocratizado sus gustos y enfriado su devoción al trabajo. Las gentes hallaban la explicación de esta bonanza en la muerte del señor Frasquito.
—El pobre hombre—decían—, con sus borracheras, traía arruinada á su familia; Dios hizo bien en llevársele...
Una tarde el comercio de Toribio, situado en el promedio de la calle Larga, casi enfrente de la Casa Correos, abrió sus puertas al público. Hubo música, para mayor lujo y animación de la fiesta, y los Rojos obsequiaron á sus amigos con dulces secos, licores y cerveza.
Sobre el frontis del establecimiento un gran rótulo declaraba, en caracteres negros: «Paredes, Hermanos». Y explicando estas palabras, que parecían la consagración de dos existencias dedicadas al trabajo, y en letras más pequeñas: «Mercería. Juguetería. Mantas». Las estridencias broncíneas de la murga duraron hasta media noche, y dieron ocasión para que mozas y mozos bailasen. En la oscuridad de la calle las luces del flamante bazar proyectaban un gran resplandor blanco. Los socios del Casino, al pasar por allí, deteníanse á ver el alegre rebullicio. La chiquillería, codiciosa de juguetes, se apretujaba contra los escaparates. Las mujeres, desde la acera, á través de los cristales, observaban atentamente la limpieza, capacidad y buena disposición de la tienda. En una de las vidrieras había un maniquí de mujer. Sus ojos negrísimos, entornados voluptuosamente, y su boquirrita color de sangre, sugestionaban la atención de los hombres. Era guapa y miraba al suelo como avergonzada. Tenía los blanquísimos brazos al aire, y las pantorrillas de impecable perfil vestidas con medias transparentes de seda. Los páparos sonreían glotones ante aquella figura que estaba en pantalones y lucía un corsé rojo muy largo.
—¡Si respirase!—pensaban.
Al fondo del local, y de un extremo á otro, estaban las anaquelerías, que alcanzaban al techo, y donde todo aparecía cuidadosamente ordenado. Los artículos más diversos fraternizaban allí. Pendientes de perchas había boinas, sombreros, mantas de cama y viaje, zamarras, bufandas, tapetes de mesa, cortinas y otros efectos. Los percales, las panas, las piezas de jerga, vicuña y cheviot, yacían superpuestas en los entrepaños laterales. Del techo colgaban racimos de muñecas, cromos de colores arlequinescos metidos en marcos dorados, cubos, jarros, palanganeros, sierras, haces de martillos y muchos enseres más de ferretería. La quincalla y la mercería ocupaban anaqueles especiales: sobre cajitas de cartón ó cosidos á pequeños envoltorios de papel azul, las muestras de botones, de dedales, de tijeras, de sacacorchos, de tenedores y cucharas, clavos y tornillos, limas y alicates, barrenas y escoplos, brillaban con petulante júbilo bajo la luz. Tras el mostrador, los hermanos Paredes sonreían obsequiosos á sus parroquianos, y con su amabilidad parecían rogarles que, en lo sucesivo, no se olvidasen de ir á comprar allí. Los invitados mostrábanse contentos. Ya nadie recordaba los antecedentes oscuros del buhonero, ni la licenciosa juventud de su hermana; su rápido advenimiento á la fortuna, prueba inconcusa de su afición al trabajo, sorprendiendo al pueblo había sido para ellos una especie de agua lustral.
Transcurrió otro año y los negocios de la razón comercial «Paredes, Hermanos», se desenvolvían prósperamente. Deogracias, el primogénito de la mujerona, ayudaba á su madre y á su tío en el servicio de la tienda. Pepe, el segundón, iba al colegio, y su figurilla enclenque, cetrina y juiciosa, empezaba á recordar la de su padre, el difunto señor Frasquito. Rita, con su actividad incansable y su vigor hombruno, tenía tiempo para atender así al gobierno y limpieza de la casa, como al negocio. Toribio, menos codicioso, se permitía cotidianamente algunas horas de suave holganza. Después de cenar íbase á jugar al dominó á la Fonda del Toro Blanco, centro predilecto de la mesocracia; ó al Café de la Coja, la hermosa Rosario, cuyas carnes exuberantes y lascivos anadeos, siempre tenían la virtud de encandilarle los ojos. Estaba más grueso y la redondez incipiente de su abdomen, al obligarle á retreparse un poco, daba engreimiento á su persona. Del pasado los hermanos Paredes no hablaban casi nunca, y menos del crimen que les había llevado á tan envidiable situación. Todo aquello, en la torva anquilosis de sus conciencias, parecíales lontano y natural. Tampoco comentaban la intervención que en el asesinato de Frasquito Miguel tuvo don Gil, ni la incondicional alianza y resuelto favor del hombre pequeñito. Ambos reconocíanse amados y protegidos misteriosamente por él, y nunca sus espíritus tardos, incapaces de una introinspección inteligente, detuviéronse á existimar la razón de aquel enigma. ¿Ni para qué, si á su juicio, los acontecimientos, por el mero hecho de haber derivado en el curso del tiempo, perdieron toda su importancia?...
XXII
Una noche, de vuelta del café, Toribio entró en el dormitorio de su hermana.
—¿A que no sabes—dijo—con quién he estado hablando hace un momento?... ¡No puedes figurártelo!...