Hizo ella un signo negativo. Paredes, el rostro un poco demudado, agregó:
—Voy á decírtelo porque, aunque estuvieses pensando en ello dos meses seguidos, no lo adivinarías: con Vicente López.
La mujerona se incorporó en el lecho, removida hasta los tuétanos por una emoción que así era de agudísimo pasmo, como de alegría. El terrible amor de su juventud, la pasión furibunda en que su carne se requemó como sobre brasas, resucitaba ante ella.
—¡Vicente!... ¿Te preguntó por mí?
—Apenas me vió.
Parecía contrariado; sin duda recelaba que el súbito advenimiento del Charro fuese á trastornar el lozano curso de sus negocios. Agregó:
—Se hospeda en casa de don Valentín. Yo pasaba por delante de la fonda, cuando veo en la puerta un hombre alto, grueso, afeitado, un poco canoso... y me digo: «¡Si parece Vicente López!...» Y en esto, él que se viene á mí, exclamando: «¿Toribio, no me conoces?...» Con que nos abrazamos y charlamos un rato. Llegó hoy, á mediodía, de Salamanca. Mañana vendrá á verte.
Rita callaba. Paredes se retiró á su habitación, se desnudó y mató la luz. Transcurridos unos minutos y como buscando una contestación al hilo de sus malas cavilaciones, exclamó:
—Supongo que ahora, con los cuarenta años que tienes sobre el lomo, no volverás á enamorarte de él, ¿verdad?
La mujerona no contestó. Añadió el buhonero: