—¡Tendría gracia!... Además, si ese hombre viene á buscarte, no será por tu cara, sino por tu dinero, pues quien te dejó de moza, hallándote vieja no va á cargar contigo. ¿Oyes?... Andate con cuidado. Yo conozco á Vicente. Es un sinvergüenza. Te lo advierto á tiempo para que luego no vayamos á tener disgustos.

La idea de que la imprevista reaparición del Charro, con sus antiguos fueros de amante y de padre, pudiese nublar la serenidad de su vida, levantaba olas de odio en su impulsivo corazón.

—Y aunque esta casa sea tuya y mía—continuó—, yo soy el hombre, y no consiento que ningún otro hombre usurpe, ni siquiera menoscabe, mis derechos.

Sus instintos homicidas despertaban. Aludió á Frasquito:

—Tú ya sabes cómo soy: que no venga Vicente con monsergas ni bravatas porque le hago lo que al otro.

A estas palabras de amenaza la mujerona tampoco respondió. De dichosa, sentíase fuera de sí. Ni un instante se acordó de sus hijos. Su alegría era indiferencia, olvido de los ingratos quehaceres cotidianos, deseo de revivir los años líricos de la mocedad.

«Voy á verle»—pensaba.

Y luego:

«¿Cómo me encontrará?... Y él... ¿habrá cambiado mucho?...»

Amanecía cuando Rita se levantó. No había dormido y, sin embargo, no estaba cansada. Más ágil que nunca, en un santiamén barrió la tienda y dispuso el desayuno. Desde sus camas, los niños se asombraron de oirla cantar.