La entrevista que los dos antiguos amantes celebraron por la tarde, en la tienda, empezó desabridamente. Cohibidos ante la actitud atisbadora de Toribio y por los ocho ó nueve años que vivieron ajenos el uno al otro, no acertaban á zurcir bien la conversación. Los hermanos Paredes permanecían detrás del mostrador. Vicente se había sentado en un taburete. El y Rita se miraban con desconfianza, con pena; sobre todo, con pena, cual si en aquel momento, lleno de evocaciones, echasen de menos el tiempo que estuvieron separados. A grandes rasgos, deseaban explicarse las cumbres ó hechos más eminentes de sus historias respectivas.
—Frasquito Miguel, murió—dijo Rita.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo supiste?
—Por un vecino de Puertopomares, que fué á Salamanca. Conque, apenas me dieron la noticia, pensé: «Pues voy á verles á Rita y á su hermano, por si se acuerdan de mí».
Agradeció Toribio la fineza de aquellas palabras con un leve movimiento de cabeza. Vicente López continuó:
—¿Te dejó muchos hijos Frasquito?
—Tres.
—¡Tres!... ¡Vaya por Dios! Ya son bastantes.
—Dos varones y una hembra.