Fernández Parreño consultó el suyo, que levantó á la altura de la nariz.
—Las siete.
—Yo—repuso Martínez—tengo las siete menos diez.
Con esa costumbre irrazonada que obliga á todas las personas á tener más confianza en el reloj del prójimo que en el suyo, añadió:
—Debo de ir atrasado...
Y, sin vacilar, rectificó la hora. Don Juan Manuel dijo un donaire versallesco:
—Hace usted mal en eso; vea usted: mi reloj, con respecto al de don Elías, también atrasa, y no lo toco. Para conservar nuestros relojes, al revés que para conservar á nuestras mujeres, debemos tocarlos lo menos posible. ¡Por algo ellas, en nuestra vida, fueron siempre el desorden!...
Al salir del Casino vieron pasar al otro lado de la plaza, bajo la umbría de los soportales, un hombre silencioso, pequeñito, intensamente amarillo; un hombrecito, de color de miel, vestido de negro.
Martínez exclamó dirigiéndose al médico:
—Ahí va don Gil Tomás. Tenía usted razón. Deben ser, efectivamente, las siete en punto.