—¿Y usted?
—También.
—Perfectamente—exclamó Martínez;—me gustan las tertulias grandes; siempre á más gente hay más alegría.
Verdaderamente ninguno de los circunstantes, ni siquiera el mismo don Ignacio, tenía interés en volver al Casino aquella noche. Ir ó no ir... ¿no era igual?... El fastidio y la costumbre se repartían equitativamente la dirección y dominio de aquellos espíritus anodinos. El aburrimiento que les echaba de sus hogares, les restituía á ellos horas después. Bostezaban en sus casas, al lado de sus hijos; bostezaban en el Casino, con los naipes en la mano ó ante las mesas de billar. ¿Qué esperaban? En lo futuro, ni una emoción, ni una sorpresa, como no fuese la de la muerte. ¿Mirar hacia el porvenir, no equivalía exactamente á rememorar y escrutar lo vivido? En aquellas pobres almas que llevaban consigo, desde la niñez, la aridez del desierto, el inenarrable horror de las cosas eternamente inmóviles y semejantes á sí mismas, ¿no se perpetuaba el espanto anacrónico de que lo futuro fuese algo sabido, familiar y trillado, como un recuerdo? En la horrible monotonía de los pueblos, ¿cuántas veces resbala el pensamiento por los mismos surcos? Allí, donde no hay emociones; ¿quién contaría los millares de momentos—tantos como días que cada individuo vivió y tornó á vivir, su propia vida? Cotidianamente marchan los pies por idénticos caminos y el cerebro recibe impresiones iguales, y de esta monotonía se desprende un vaho adormecedor de opio, de indiferencia, de abulia; y así en cada una de esas almas—y sin que ellas, por fortuna suya, lo adviertan—se repite, de padres á hijos, el suplicio interior, el horroroso drama, no escrito aún, del hombre que nunca tuvo «á dónde ir»...
Esta era la situación de ánimo de don Juan Manuel Rubio, de Fernández Parreño, de don Isidro Peinado, de don Niceto y de don Ignacio, cuando, parados ante el ventanal abierto, hablaban de marcharse. El mismo trabajo que momentos antes tuvieron para reunirse, les costaba ahora separarse; en ellos, el hábito de esperar había matado la alegría de la acción. Además, convencidos tácitamente de que todo era igual, adivinaban la inutilidad de moverse. Cuanto á su alrededor pudiese ocurrir, lo tenían previsto. Este cálculo alcanzaba aún á los detalles menores. Verbigracia: Martínez sabía que, á su paso habitual, tardaba exactamente tres minutos y medio en ir desde el Casino á su casa, y cuatro minutos si este camino lo recorría en sentido inverso, porque era cuesta arriba. El médico, con aquella miopía que parecía obligarle á dedicar á cada idea ú objeto una atención mayor, pujaba su minuciosidad bastante más lejos. Fernández Parreño llevaba en la memoria cifras absolutamente exactas de las distancias. Desde su domicilio al Casino, por ejemplo, había mil doscientos ocho metros; desde el Casino á la botica de don Artemio, trescientos veinticuatro, y medio kilómetro justo separaba su casa de la de su antigua cliente doña Amelia Ruiz, viuda de Guijosa, la mujer más gorda de Puertopomares. Estos números los había descubierto con la ayuda del tiempo y á fuerza de repetir cotidianamente el mismo itinerario.
Al cabo, la figura blandengue de don Niceto, girando sobre sus talones, lanzó la señal de marcha.
—¿Vámonos, señores?
—Vámonos, sí.
Reposadamente todos caminaron hacia la puerta. Don Ignacio exclamó, mirando su reloj.
—¿Qué hora será?...