Un recuerdo la obligó á mirar á su alrededor, como si en la blancura de aquellas paredes estuviese escrita su historia. Suspiró: se acordaba de Vicente y esto guió sus ojos hacia la puerta del aposento donde dormían, Deogracias, el hijo del Charro, y los tres vástagos de Frasquito Miguel. A éstos les aborrecía. Rita tiró su labor y por dos veces sus manos nerviosas, inconscientes, alisaron sus cabellos, ocres, tensos y planchados, sobre la redondez pequeña de la cabeza. En sus pupilas la cólera, durante segundos, encendió una luz.
—Podían morirse—murmuró—y ni ellos ni yo perderíamos nada.
Recobró su costura. La habitación donde se hallaba abocaba á la calle; tenía el suelo de ladrillo y el techo de vigas nudosas, bajo y renegrido densamente por el humo del fogón. Viejos cromos que decían los amores del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcón de la ropa, el armario que servía de alacena, eran de pino blanco. Cubrían las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul.
Poco á poco, en el doble silencio de la noche lunada y del campo, el rumor del Malamula iba acallándose. El sereno cantó otra hora; las once. Luego, nada dentro de la casa dormida: la lámpara vertiendo monótonamente su claridad de plata, las cortinas de yute quietas sobre el vano de las puertas, los muebles arrojando perfiles largos, absurdos é inmóviles, con inmovilidad cabalística, contra la albura de las paredes.
Rita, de súbito, alzó la cabeza y un frío extraño y rápido, á un temblor á flor de piel, pareció deslizarse por entre la raigambre de sus cabellos: hubiese jurado que una sombra fantasmal, una especie de inquietud amarilla, acababa de cruzar la habitación en línea recta desde la ventana al aposento donde dormía Toribio. La mujerona abrió bien los ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya no vió nada. Aquel fenómeno, fuese impresión real ó alucinación vacua de sus sentidos, apenas duró un segundo, y no obstante, había sacudido sus nervios con la violencia de una descarga eléctrica. Ni el más tenue ruidito á su alrededor; nada tampoco sobre la uniformidad de la pared blanca. Levantóse, sin embargo, dócil á un raro terror supersticioso, y fué á cerciorarse de que los dos cerrojos que afirmaban la puerta de la calle estaban echados. Miró hacia la ventana, cuyos cristales, llenos de luna, mostrábanse apacibles; y luego á las cortinas, muertas, sin un temblor. Rita permanecía suspensa, asustándose del roce de sus vestidos y hasta de las sombras que su cuerpo, de armazón descarnada y varonil, aplastaba contra los muros. El crugido de un mueble arrancó á sus labios, descoloridos por el miedo á lo invisible, una interjección soez. Volvió á sentarse, y la idea de que Frasquito Miguel hubiese muerto y su alma estuviera allí, hirióla, de improviso. Tembló y ya iba á levantarse cuando su razón y su valerosa voluntad reaccionaron: indudablemente, ella no pudo ver nada; todo habría sido un guiño ó intermitencia de la luz, ó la levísima sombra de un parpadeo. A pesar de estas reflexiones continuaba teniendo miedo: aquella ficción rapidísima, aquella especie de vapor amarillo, no la hubiesen impresionado tal vez en una noche de huracán y de lluvia; pero en la quietud y el silencio, los accidentes más pequeños se desquitan de su insignificancia y parecen enormes. Al cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes siguió cosiendo.
Las doce eran dadas cuando Toribio comenzó á soñar en alta voz. A través de la cortina, las palabras que el dormido balbuceaba filtrábanse inconexas y turbias. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque aquel fenómeno repetíase casi diariamente. Luego demostró preocuparse: la pesadilla debía de ser muy fuerte, pues Toribio se rebullía mucho, articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si algo muy pesado le oprimiera el pecho. Inútilmente trató Rita de comprender lo que su hermano decía. Otra vez la mujerona tuvo miedo. Aunque nada ó muy poco, de cuanto la brizomancia explica sea cierto, siempre envolverán las pesadillas un intenso pavor, un acre misterio. ¿El verdadero origen de los sueños es exclusivamente fisiológico, ó á esos accidentes circulatorios y digestivos á que la medicina los atribuye, va mezclada alguna sutil levadura metafísica?... Un ensueño se reduce, tal vez, á un dinamismo incompleto y pasajero del aparato cerebral. Sin embargo, el admirable instinto del vulgo adivinó en ellos mucho más. ¡Oh, la terrible, la abracadabra emoción, la sugestión fascinante, que anima las actitudes de quien sueña en voz alta! Aquellos ojos que ven, no obstante hallarse cerrados; aquellas expresiones, de alegría, de sorpresa, de cólera, que correspondiendo á imágenes venidas del más allá estremecen su rostro; aquellas voces que nadie oye y á las que él, empero, responde... ¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas personas—aborrecidas ó deseadas—viven lejos de nosotros?...
Rita llamó, por dos veces:
—¡Toribio... Toribio!...
El dormido exclamó levantando mucho la voz y con perfecta claridad:
—¡No puede ser!... Comprenda usted que eso no puede ser.