Su dicción volvió á emborronarse; no fraseaba; las sílabas se confundían.
—No puede ser... no... pue... de... ser...
Esta negativa la repitió hasta que dentro de su boca las palabras mal pronunciadas formaron un murmullo, un carraspeo de gárgara; parecía que iba á ahogarse. Su hermana le gritó:
—¡Toribio!... ¿No oyes?... ¡Despierta!... ¡Estás soñando!... Dí... ¿no oyes?...
A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recogía con una mano, presentóse Paredes. Hallábase en ropas menores, y la inmovilidad de sus facciones y el reposo idiota de su mirar, decían claramente que estaba sonámbulo. Unos segundos permaneció boquiabierto, como sorprendido y detenido por la luz; guiñó los párpados, sacudió la cabeza; quería despertar. Después avanzó y la cortina, al caer otra vez, sirvió de fondo á su figura. La mujerona se levantó y empuñó unas tijeras: su imaginación relacionaba la sombra amarillenta, entrevista momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso terror la invadió.
—¿Dónde vas?...
Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se producía.
—¿Dónde vas?—repitió Rita.
Cautamente habíase colocado detrás de la mesa, en actitud defensiva. Su hermano la oyó y repuso marcando con lentitud las palabras.
—Voy con él.