Trémulo de cólera, con algo de jabalí acosado, en la expresión de los enrojecidos ojos, don Ignacio repetía:
—Ese viejo usurero vive porque están ustedes aquí. Pero yo, un día, le mato; le abro la cabeza de un garrotazo...
También se revolvió lesivo contra una observación de don Juan Manuel.
—¡No, señor!—gritó—yo no soy un intemperante; yo soy un hombre que dice en voz alta lo que piensan muchos. ¡Ni más ni menos! Los ocho médicos de Puertopomares saben, lo mismo que yo, que ese hombre nos roba; pero ellos se callan y yo no puedo callarme...; ¡ó no me da la gana de callarme!... ¡Bastante prudente he sido!... Este escándalo debí darlo hace tiempo...
Como la furia del señor Martínez no amainaba, don Dimas y don Isidro decidieron llevarse á don Artemio del Casino. El boticario, que esperaba una ocasión discreta para poner pies en polvorosa, agradeció sinceramente aquella intervención, y lanzando á su contrario una mirada de desafío, insinuó hacia la puerta del salón una retirada elegante. Salió con andar lento y ajustándose bien el sombrero sobre sus melenas despeinadas. En medio de su espalda, señalando la cresta más saliente de su joroba, griseaba una mancha de polvo.
Don Ignacio le gritó implacable:
—¡Ya nos veremos!...
Al mismo tiempo que golpeándose, por dos veces, el antebrazo izquierdo con la mano derecha, ponía á su advertencia un comentario obsceno.
Cuando don Artemio se marchó, el señor Martínez, y cuantos con él estaban, volvieron á sentarse. Los ánimos se apaciguaban. La opinión, que hasta allí habíase mostrado indecisa, reaccionó en favor del veterinario. La mayoría admiraba la crudeza de sus palabras y la excelente puntería y diligencia de sus puños. Reconocían que el silletazo que derribó á don Artemio fué magistral. Verdaderamente, don Ignacio estuvo muy bien, y Fernández Parreño le testimonió su adhesión dándole palmaditas en el hombro. Empezaron los comentarios, adversos todos para don Artemio, y con ellos las risas. Un ambiente cruel y cobarde rodeaba al vencedor y le tributaba pleitesía.
Don Juan Manuel lanzó una carcajada.