—¿Y eso lo dice usted en serio?—interrogó don Artemio, templándose para la pelea.
—En serio, sí, señor. Yo soy así. Yo hablo siempre en serio y digo las verdades en la cara.
—Pues... ¡miente usted!...
—¿Que yo miento?... ¿Ha dicho usted que yo miento?...
Levantóse con una agilidad de mono, y cogiendo su silla por el respaldo y esgrimiéndola á manera de maza, la descargó sobre la cabeza del boticario. Resonó un crac, angustioso, y el frontal shackespeano, mondo y turgente, de don Artemio, tiñóse de sangre. El agredido vaciló, pero recobrándose quiso arremeter á su rival, cuando éste, poniéndole los puños unas veces en el pecho y otras en el rostro, le desconcertó y zarandeó hasta dar con él de lomos en el suelo. Alzáronse todos, acudiendo á represar con manos y razones la desbridada furia de don Ignacio, quien, ronco de coraje y fuera de sí, pretendía subirse encima del caído y patearle y exprimirle como á uva en lagar.—«¡Al capón que se hace gallo, azotallo!»—gritaba el albeitar, que, ni aun en tan dramático momento, perdía su culto á los refranes.
Don Juan Manuel, don Isidro, Teodoro y otras personas que habían acudido al ruido de la trifulca, rodearon á Martínez, llevándole, casi á rastras, al hueco de un balcón. Fernández Parreño y don Dimas favorecían á Morón, ayudándole á enmendar el desorden de su traje y á limpiárselo con una servilleta. Había en su solicitud una especie de solidaridad, una protesta tácita contra la baratería del agresor. Muy pálido, la voz agitada aún por el miedo y la fatiga, el boticario balbuceaba:
—¡Farsante!... ¡Calumniador!... ¡Decir que yo receto!...
En medio de su tribulación el pobre hombre, con su elevada estatura, su joroba y sus piernas flacas y largas, estaba grotesco. Automáticamente se palpaba la frente con un pañuelo, y al ver que éste se cubría de púrpura, volvía á restañarse la herida. Entre su enorme cráneo rojo y sus barbas rucias, cortadas en punta, sus mejillas tenían una lividez cadavérica y sus amedrentados ojos parecían mayores. Todo su corpachón, débil y cobarde, temblaba.
—¡Decir que yo receto!... ¡Embustero!... ¡Y acometerme hallándome desprevenido!... ¡Claro es que esto no queda así!... ¡Yo sabré lo que debo hacer!...
Dolíase en voz baja y sin usar palabras ofensivas, porque, á través de la distancia y de las personas que le defendían, las venenosas pupilas de Martínez le buscaban furibundas y se clavaban en él como saetas.