—Esta semana. Todavía es añal.
—Mejor. Así la operación ofrece menos peligros. Después, el tratamiento es sencillo. Se reduce á lavar bien la herida con agua sublimada ó fenicada, y á tener al animal, durante los ocho primeros días, atado corto al pesebre, para que no se eche.
De pronto el señor Martínez se revolvió contra el boticario; su belicosa voluntad acababa de sentir una crisis de cólera.
—¡Ahora que me acuerdo!... Usted, en lo sucesivo ha de hacernos el favor de no meterse á recetar. Usted no es quién, para recetar. Yo hablo muy claro. Usted, si quiere cumplir su obligación, ha de limitarse á servir las recetas que le lleven.
La acometida fué tan á quemarropa, que don Artemio, á pesar de su flema, se ruborizó.
—¡Caramba..., don Ignacio!... Usted es un salvaje. ¿A qué viene eso?...
—Bien lo sabe usted. Ya se ha puesto usted colorado: «quien del alacrán está picado, la sombra le espanta».
—Repito que no le entiendo á usted. ¿A qué responde ese exabrupto?
—Viene á cuento—replicó el señor Martínez clavando sus ojos tempestuosos en los del boticario—de que muchas personas, unas del pueblo, otras del campo, van á la farmacia de usted y, para ahorrarse el dinero del médico ó del veterinario, le consultan las dolencias que ellos, ó sus animales, padecen. Y usted... ¡claro!... les atiende; y si había de cobrar por las medicinas dos, verbigracia, cobra dos y cuartillo, sin advertir que, aquí, en Puertopomares, hay ocho médicos y dos veterinarios, y ninguno, que yo sepa, vive de sus rentas. A usted hay que hablarle así, porque «el buey ruin en cuerno crece»...
Aunque acobardado por la marcial actitud de Martínez, el boticario se creyó obligado á oponer un alarde rotundo y viril á la acusación de que era objeto. La presencia de dos médicos en la tertulia acrecentaba la gravedad y ridiculez de su situación. Apretó bien los puños bajo la mesa. Los circunstantes le miraban, exigiendo de él una bizarría. Hasta don Juan Manuel, se había quedado grave.