—Justamente.
—¿Y no ha conseguido usted nada?
—Hasta ahora, nada.
—¡Es claro! Porque esa inflamación de la sinovial no proviene de ningún esfuerzo, ni es de origen artrítico, sino de origen tuberculoso. Esos bueyes, vuelvo á repetir, no le sirven á usted y debe usted matarlos cuanto antes para evitar el contagio de la enfermedad.
—Mañana mismo pasarán á mejor vida—repuso tranquilamente don Juan Manuel.
Con esta promesa, que era una satisfacción y tributo rendidos á la practica, saber y buena amistad, del señor Martínez, éste se dió por contento, y suavizó su humor.
Don Artemio pensaba castrar una vaca que dos semanas antes compró en Candelario.
—¿Tiene furor uterino?—interrogó don Ignacio.—Entonces, es lo mejor que puede usted hacer; porque, estirpándola los ovarios, rendirá mucha más leche. Transcurridos dos ó tres años, quedará inútil, ya lo sabe usted; pero entonces puede usted engordarla para el matadero y cobrar por ella lo que haya podido costarle ó más...
—Necesito castrar un potro—dijo don Elías.
—Cuando usted guste.