—De ayer á hoy—observó don Artemio—han cambiado de calzado lo menos cinco veces.
Agotado el tema, don Dimas interpeló á su colega don Elías.
—¡Me debe usted una merienda!...
Entre risas, explicó lo ocurrido. Acababa de sentarse á tomar un piscolabis, cuando se produjo en la calle un alboroto.
—Tiré la servilleta y corrí al balcón á informarme de lo que sucedía; era la jaca de nuestro amigo Fernández Parreño, que no quería andar. El animal reculaba y se metía en la acera. Al fin, el hombre que lo llevaba consiguió dominarlo. Pero cuando yo volví á la mesa me encontré con que el gato se había llevado mi merienda.
—Al taller fueron á decirme—exclamó don Ignacio—que en la calle Larga se espantó esta tarde un caballo, pero ignoraba que fuese el de don Elías.
Y agregó doctoral, dirigiéndose al médico:
—Le advierto á usted que esa jaca está medio loca y antes de un año será preciso matarla. Si halla usted ocasión de venderla, hágalo. Es un buen consejo.
Don Juan Manuel preguntó al veterinario lo que convendría hacer con los bueyes que tenía enfermos. El señor Martínez hizo un ademán impaciente.
—Esos animales—replicó con hostil vivacidad—están tuberculosos. Ya se lo he dicho á usted. Yo no me equivoco. Usted cree que la inflamación de la articulación fémororrotuliana es producida por un exceso de trabajo... ¡Pues, no señor! Usted, para curarlos, habrá empleado vesicantes... ó les habrá aplicado inyecciones de adrenalina, ¿verdad?