—Lo comprendí—agregó—en cuanto dijo usted que esos forasteros habían estado refrescando en el parador del Sol; porque Juan, el de la Manca, no sale de allí. Ya saben ustedes que la mujer de Juan lo es también de Felipe Ortiz, el dueño del parador. ¡Esposa de la mano izquierda, se entiende! ¡No tiene otra!...
Celoso del honor que la visita de los ingleses hubiese podido dar á González, su enemigo, añadió:
—¡Pues, valiente telar han ido á enseñarles! Apuesto la cabeza á que no hay trabajando allí ni cincuenta obreros. ¡Si les hubiesen llevado á la hilandería de mi suegro!...
—También la visitaron—repuso el boticario—; y retrataron á todo el personal. Después repasaron el río y triscando como cabras subieron hasta el cementerio y recorrieron todas las callejuelas del barrio pobre. De la Puerta del Acoso obtuvieron varias fotografías; decían que la piedra nobiliaria con que el arco se adorna, es de gran mérito. En seguida pidieron autorización para visitar el cuartel; estuvieron en la torre y bajaron á los calabozos del castillo por un pozo que hace muchos años, lo menos treinta, estaba cerrado. También celebraron con entusiasmo los frescos de la bóveda de la enfermería. Pero lo que más les ha gustado, según don Valentín, es el balcón de la calle Amor de Dios.
—¿El de casa de doña Francisca?—preguntó Martínez.
—Eso es. ¿Lo sabía usted?
—Me lo dijeron anoche.
—¿Sí?... ¿Dónde?
—En la peluquería de Lucas. Puertopomares no es Madrid, ni siquiera Salamanca; aquí en seguida se sabe todo.
Comentaron abundantemente cuanto los forasteros habían hecho y dicho. No llevaban sortijas, ni en sus corbatas alfileres costosos; pero la excelente calidad de sus trajes, y su modo imperativo y desembarazado de mirar, de hablar, de moverse, descubrían el rango de sus personas. Los dos se parecían extraordinariamente; eran altos, musculosos, sueltos de movimientos y rubios; caminaban á zancadas largas y usaban monóculo. Lo que más pasmaba á la reunión era la actividad infatigable de aquellos trotatierras.