Don Isidro dijo que por la tarde él y su cuñado salieron á dar un paseo, y que estuvieron divirtiéndose en tirar piedras contra un poste del telégrafo.

—En ese mismo poste—agregó—, siendo yo niño, grabé con un cortaplumas las iniciales de mi nombre; hoy las busqué y allí están todavía.

Estas palabras vulgares y tristes, como mojadas en la infinita tristeza del vivir pueblerino, arrancó un suspiro á don Artemio. También suspiró don Elías. Las cosas quedan, los hombres se van pronto; hasta lo más pequeño durará más que ellos.

Hablaron de dos turistas ingleses, padre é hijo, que llegaron al pueblo la víspera, procedentes de Madrid, y continuaban su viaje á Salamanca al día siguiente.

—Entre ayer y hoy—exclamó don Artemio—han recorrido, no sólo la población, sino todos los alrededores. Nadie como los ingleses para aprovechar el tiempo. Estuvieron primero en la Glorieta del Parque bebiendo cerveza á la puerta del parador del Sol, y retrataron á unos trajinantes gitanos que estaban allí con sus caballerías. Después, por el Paseo de los Mirlos, bajaron al río y visitaron la fábrica de tejidos de Pepe González.

Don Isidro, que aborrecía á González por rivalidades de oficio, tuvo una mueca desdeñosa.

—¿Y quién les llevó á casa de González?—interrumpió.

—No lo sé.

—Siempre sería el mentecato de su sobrino Juan, el marido de la Manca...

Don Isidro miró á los circunstantes con el aire jaque y satisfecho del hombre acostumbrado á acertar.