Don Juan Manuel disertó amenamente acerca del amor y del modo, un poco libertino, que él tenía de sentirlo.

—Para ser muy amados por las mujeres, no necesitamos amarlas con sinceridad, pero sí aparentar ó fingir magistralmente que las amamos; pues las pobrecitas son tan humildes en el apetecer ó tan esquisitamente frívolas, que se contentan y satisfacen con la ficción. Cabalmente porque nunca las quise mucho, fué por lo que ellas, casi todas, me quisieron bastante. Ustedes acaso crean advertir disonancias entre mis teorías y mis costumbres. Yo, verbigracia, defiendo el olvido, la renovación frecuente de nuestros horizontes sentimentales; y, sin embargo, quiero á Evarista y probablemente no me separaré de ella. Es cierto. Pero conviene consignar aquí que á todas las pasiones de mi vida, aun á las mayores, fué ligada siempre una abundante dosis de pereza. Yo no suelo serles fiel á las mujeres por cariño; mi constancia no es constancia legítima, si no abandono; y, aunque sin gusto, por abandono sigo á su lado, como frecuentemente hallándonos encamados, tenemos sed, y no nos levantamos á beber por no molestarnos en cambiar de actitud. ¡Anomalía extraña! La costumbre, que mata al amor, es, no obstante, lo que mejor conserva y defiende las apariencias del amor.

Fernández Parreño aprovechó la pausa que en este momento de su discurso hizo el diputado, para sentar la opinión de que don Juan Manuel, ó por pereza, como él creía, ó por nobleza, gratitud y perseverancia de corazón, si llegara á casarse sería un marido modelo.

Don Juan Manuel sonrió y movió la cabeza, en señal de duda.

—No sé, mi querido amigo—repuso—; no sé qué decirle, pues tengo poquísima confianza en mí. Sucede con los amores lo que con las citas. Si una persona nos cita en la calle, procuramos ser puntuales. «No es correcto hacerla esperar al aire libre»—pensamos—. Lo mismo ocurre en los amores ilegales. En cambio, dentro del matrimonio, por mucho que nos retrasemos, siempre acudiremos á tiempo. Nuestra esposa no nos aguarda en la calle; mientras llegamos, puede tocar el piano, comer, acostarse. El matrimonio, disponiendo de todas las horas de nuestra vida, equivale á una cita en un lugar cerrado; y creo que en esas entrevistas tan cómodas, nunca sería exacto...

Se interrumpió, tuvo una sonrisita desdeñosa, aplastó lentamente la blanca ceniza de su cigarro contra el borde de su taza de café:

—Muchas veces me aseguraron que yo no he amado porque nunca sentí celos. ¡Pobres cerebros pequeños, cerebros oscuros!... A veces les compadezco, á ratos les execro. Ellos ignoran que yo sufro más que nadie de ese mal, porque mi ambicioso corazón tiene celos simultáneamente de millares de mujeres, de todas esas mujeres hermosas, elegantes, ricas, que llenan los teatros de Madrid y no son mias.

Hizo un mohín irónico.

—Claro es que de tan descosida afición amorosa un hombre discreto se alivia fácilmente. Eso hago yo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos dirigido la siguiente pregunta: «¿A quién pertenecen esas mujeres tan bellas que vemos en la calle? ¿A qué venturoso galán rindieron la intimidad perfumada de sus noches?...» Pero no debemos desesperarnos, pues igual interrogación se propondrán los dueños de tales hermosuras con respecto de nuestras esposas. Es la triste condición humana; basta que una cosa no sea nuestra para que nos parezca mejor. El deseo no se detuvo nunca; no bien llega y alcanza, cuando se fastidia de haber triunfado y reanuda su marcha. Dos sentidos le guían y ayudan en su camino: la vista y el tacto. Pero diríase que aquella tiene vergüenza de que su aliado, mucho más tardo y grosero, la empareje; y así, apenas nuestras manos se apoderan de una mujer, cuando ya los ojos, eternamente ingratos y peregrinos, miran á otra. Ello me anima á dar á ustedes el siguiente consejo: cuando alguien desee mucho á una mujer casada y cegado por su deseo se torture y piense que únicamente á su lado sería feliz, acuérdese de que, junto á ella, su esposo, más de una noche, se aburrirá horrorosamente. Esta reflexión ha de producirle gran alivio...

Como el despabilado conversar del diputado sobrepujase el nivel intelectual de la tertulia, en cuanto don Juan Manuel calló la conversación siguió rumbos más fáciles.