Chancero y buen conversador, el diputado, amigo siempre, como un filósofo epicúreo, de la moza temprana y del vino añejo, sustentaba afirmaciones que, si no convencer, al menos suspendían y regocijaban amenamente á la reunión. Don Juan Manuel, que probaba su fino ingenio dialéctico cultivando la paradoja, era bueno y alegre porque sabía perdonar, y perdonaba fácilmente porque todo le parecía bien. Había una lógica fuerte, una perfecta unisonancia, entre su modo de expresarse y su historia; sus palabras y sus acciones iban paralelamente; el optimismo fragante de su corazón perfumaba su discurso, y recíprocamente, su lógica daba á sus costumbres aplomo simpático. Alto, grueso, carirredondo, los ojos saltones y brillantes, los labios fáciles á la dicacidad y á la risa, todo armonizaba en él; el dichete agudo, lo subrayaba la línea oronda del abdomen.
En las discusiones que emprendía contra todos, don Juan Manuel, solterón y sin hijos, representaba la extrema izquierda: la inconstancia, el olvido, la indulgencia frívola, el perdón hacia cuanto siempre se creyó imperdonable.
—Creemos—decía—que en moral hemos llegado á la perfección, que son inamovibles los fundamentos que dimos á las nociones de «deber» y «bondad», y reconocemos, sin embargo, que la historia, la arqueología, la medicina, la biología, la mecánica y la estadística, continúan progresando. ¿No existe entre ambas afirmaciones contradicción?... Yo creo que sí; pues si la moral constituye el cogollo ó sumidad del humano saber, y, por lo mismo, la síntesis, resultado ó abreviatura de todas las ciencias, mientras éstas no lleguen á los límites, lejanos todavía, de lo cognoscible, la última palabra de la ética no podrá ser escrita. Nosotros no sabemos aún, definitivamente, dónde está la virtud. La humanidad evoluciona, investiga, se renueva y su inquietud, de día en día, abre nuevos cauces. Lo que aplaudimos hoy, acaso nos indigne mañana. La moral no vive sola, la moral no se inventa, sino que paulatinamente va formándose en los talleres, en las fábricas, en los laboratorios, según las necesidades materiales y el nivel cultural de cada época. La aparición de un fósil desconocido, el descubrimiento de una fibrilla nerviosa, influyen en ella. La ética, señores, es el aroma de muchas rosas enormes que aun están abriéndose...
Don Juan Manuel Rubio, que allá, en Madrid, bajo la rotonda ecoica del Parlamento, raras veces se atrevía á hablar, entre un grupo de amigos era un terrible polemista. A don Ignacio le indignaban tanta palabrería, tanto argumento desorbitado y capcioso.
—De modo—replicaba el veterinario, que, para discutir, necesitaba objetivar las ideas—que si un marido descubre la infidelidad de su compañera debe estarse quietecito hasta que las ciencias le aconsejen lo que debe hacer...
—Perfectamente; y mientras el consejo llega ó nó puede perdonarla y seguir á su lado, ó separarse de ella. Todo menos creerse autorizado á asesinar cobardemente á una pobre mujer que, después de amarle... y acaso sin dejar de amarle... amó á otro.
—¿Usted lo haría, usted perdonaría?
—Sin vacilar.
—¡Bah!... Usted habla así porque es soltero.
—Y si me hubiese casado pensaría lo mismo. Además, ¿no lo estoy?... Evarista, con quien tengo relaciones hace doce ó trece años, como ustedes saben, es para mí una esposa. Yo, al menos, me fastidio á su lado como si fuese mi mujer. Pues mi gran satisfacción consiste en saber que Evarista me quiere «porque sí», y no me engaña porque me respeta lo suficiente para no engañarme, no porque carezca en su casa de completa libertad. Esta alegre confianza mía los celosos la ignoran. Un celoso debe pensar que la fidelidad de su mujer no es legítimo amor, sino miedo. Creer en la virtud de la esposa constantemente encerrada y vigilada, es una fe tan absurda como la del director de presidio que creyese que sus reclusos no se fugaban por no separarse de él. En cambio, yo, estoy tranquilo: la mujer que, como Evarista, tiene abiertas de par en par las puertas de su jaula, si no se marcha es porque no quiere irse...